Al filo del amanecer me senté a su lado en la oficina y guardé silencio mientras él repartía en sobres el dinero para las chicas. Se escuchaba la lluvia golpeando escaleras abajo en la marquesina de la puerta. El jefe se pasó las manos por la cara y se dio con las yemas de los dedos un masaje en las sienes. Apagó la luz del flexo. "Necesito descansar los ojos. Me pesan como si me hubiesen pegado en las pupilas las uñas de las pies… Las cuentas no dan, amigo. ¿Sabes qué te digo? Pues te digo que no ganaríamos para electricidad si tuviésemos que planchar el poco dinero que recaudamos". El jefe tenía razón. Los tiempos no eran los mejores para el cabaré y yo sabía que el bueno del jefe llevaba meses contratando a precio de saldo a cantantes de medio pelo a los que en otros locales les habrían ofrecido una buena suma de dinero por no actuar. Mi última noche allí me fijé en la sala y comprobé con mis propios ojos que las chicas que bailaban en la tarima eran más numerosas que los espectadores que fingían entusiasmarse con ellas. Si quisiesen coquetear sentadas en las rodillas de los clientes, con seguridad no habría piernas para todas. Un incendio no habría resultado más devastador. "Lo he intentado, ya sabes que lo he intentado. El problema es que los bancos me aprietan y que también mi familia tiene que comer. ¿Y que me dices de mi hija? ¿Sabes que se vuelve de espalda cuando la abrazo? Crée que mis manos pudren el pan. Pero lo peor de todo es que el negocio no marcha. Mira a tu alrededor y si te fijas bien comprenderás que incluso sería razonable que hubiese polvo en el agua de los lavabos. La chica más cachonda que pude contratar la semana pasada resulta que es un travesti. Si se dejase crecer la barba podría ganarse la vida imitando a Carlos Marx. Pero es lo que hay. O lo tomas o lo dejas. No nadamos en la abundancia, ya sabes, así que tenemos que recortar gastos. Hago lo que puedo, me consta que lo hago. ¿Solución? Ninguna. Creeme, amigo: ganaría más dinero vendiendo azúcar debajo de la lluvia". El jefe era un gran tipo; un hombre generoso. Me consta que tenía los bolsillos deformados por las manos de las chavalas. Las chicas se jugaban juntas la reputación y la salud, y él sabía que en ambientes como ese el dinero siempre reconforta más que la oración y abriga más que la ropa. "Porque te aprecio, la chica con la que te tomas últimamente las copas no se irá de aquí mientras sientas lo mismo cada vez que bailáis juntos esa dichosa canción de Peggy Lee… ¿Cómo se llama esa canción?". "Se titula "As you desire me" y la verdad es que esa chica es para mi algo más que un sitio caliente al que arrimarme para espantar la lluvia de la gabardina. Sus pisadas ya son parte de mis pies". El jefe cerró su libro de cuentas. "¡A que no saboreaste nunca besos como los de esa mujer! Fumas demasiado para besar a una chica como ella. ¿Cinco cajetillas al día, dices? No me vengas con esas. Escuché comentarios de que el barman vacía tu cenicero cada quince minutos. Tendrán que hacerte la autopsia con una linterna. Demasiado tabaco para llevarle el ritmo a besos así. Ella tiene la boca acostumbrada a tipos que aguantan mucho la respiración. Su agente me dijo que había sido en un garito de la Costa Brava la fulana de un trompetista que tocaba para la orquesta de Nelson Ridle en Las Vegas. Por lo visto solo algunos muertos respiraban menos que él… ¡Joder!, esa chica besa como si cantase ópera.". Por más que lo intento, no recuerdo el nombre de aquella chica. Solo sé que tenía la cara caliente y el pelo frío. Y también recuerdo que se sabía de memoria la letra de aquella canción de Peggy Lee. Una noche, al poco de conocernos, me dijo que ella no era una chica como las otras. "Esto que ves es la falsa apariencia de lo que verdaderamente soy. Siempre quise oler como si alternase en una mercerías. En realidad –dijo-- solo me he metido en esto pensando en ganar algo de dinero para llevar luego la vida de una chica corriente, casarme, tener hijos y olvidar el tiempo que he perdido mientras creía no haberme equivocado. No quiero riqueza. En realidad, ¿sabes que te digo?, en realidad me conformaría con el simple lujo de enamorarme sin necesidad, fracasar por rutina y llorar luego por capricho". Es cierto que olvidé su nombre, pero cada vez que escucho "As you desire me" en la voz de Peggy Lee recuerdo que la última noche que bailé con ella en el cabaré de mi amigo el dinero de la caja parecía un pañuelo de los mocos y solo el silencio hacía en la puerta más ruido que la lluvia. Después el jefe salió conmigo hasta el coche y me ajustó cariñosamente el cuello de la gabardina. Casi amanecía. Nos fundimos en un abrazo. Arranqué el coche. En el hilo de la prime4ra curva vi apagarse el rótulo del cabaré en el retrovisor del coche y supuse que el jefe habría vaciado sus bolsillos en el bolso de aquella chica que a mi siempre me pareció elegante, digna y atractiva, con esa pizca de contenida lujuria que tienen las mujeres a las que le sienta como ropa la espuma del baño.
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