Con motivo de la terrible catástrofe que ha sufrido Haití, a continuación de los dos devastadores ciclones del año pasado, y del estado de desamparo en que ha quedado la nación se repite con insistencia que el haitiano es un "Estado fallido", lo que es cierto, pero sin que queden claras las causas de tal circunstancia.
A veces pareciera que esta desvalida condición se debiera a su irreversible "factum", a la fuerza de un destino implacable o a la índole de su población, como se sabe, descendiente de esclavos africanos, llevados a América como fuerza de trabajo.
La historia, sin embargo, nos obliga a una interpretación más compleja. En realidad, Haití paga las "culpas" de su temprana revolución independentista (1792-1804). La violencia de aquella sesta derrotó los 25.000 soldados que Napoleón envió para sofocar lo que parecía una revuelta más de negros indóciles. En la contienda murió el general Charles Lecreç, cuñado del Emperador. Un siglo largo de penalidades alentó la furia de los sublevados. Los colonos blancos franceses fueron masacrados o expulsados de la isla. Francia nunca olvidaría la humillación de esta derrota.
Mientras, el resto de las islas azucareras del Caribe, sustentadas también por el trabajo esclavo, a penas se vieron agitadas por sublevaciones similares. Durante la segunda mitad del siglo XIX Inglaterra y Francia pondrían fin a la esclavitud, y ya en el siglo XX concederán la independencia (Jamaica) o distintos niveles de autonomía (Martinica, Guadalupe…) a sus antiguas colonias. Una circunstancia que les permitió a las plantaciones beneficiarse del relativo progreso económico, social e institucional que les proveían las respectivas metrópolis.
De manera parecida, las colonias españolas del Caribe, Cuba y Puerto Rico que no alcanzaron la independencia hasta el final del siglo XIX (Cuba) o que pasaron a manos norteamericanas (Puerto Rico), también se vieron favorecidas por la prolongada relación con su metrópoli y llegaron al siglo XX en condiciones favorables para incorporarse a la modernidad.
Haití, sin embargo, desasistida de la influencia francesa, marginada por la mirada indiferente del resto del mundo, iniciaba una historia regida por emperadores de opereta y corruptos jefecillos militares, sin que nunca llegara a cuajar un Estado moderno.
Quedaba privada la nación haitiana de los beneficios del progreso económico, de la estabilidad de las instituciones que debían regirla y de una razonable organización social.
Más allá de las espantosas circunstancias en que el reciente terremoto ha dejado Haití, la comunidad internacional tiene ante sí el gigantesco reto, de no reconstruir únicamente lo devastado, sino de suplir, junto al pueblo haitiano la raíz misma de su mayor padecimiento: la fundación de un Estado moderno autónomo la capacidad de regirse por los valores de las naciones civilizadas y dotarse de las instituciones que le aseguren una independencia política y económica que devuelva al país la autoestima y el decoro de los que ha estado privado durante siglos.