Seguidores de Karmele Marchante han convocado –se ignora si con éxito o no-- una manifestación de desagravio a esta cantante y periodista de chismes eliminada del concurso para elegir al representante de España en el festival de Eurovisión. Puede que la protesta parezca algo extravagante, pero lo cierto es que en materia de excentricidades ya está todo descubierto. Excepto por el paro o la ruina económica, aquí hemos adquirido la costumbre de manifestarnos con casi cualquier pretexto.
Hace justamente ahora doce años, por poner un ejemplo, cientos o acaso miles de personas salieron a la calle en Vigo para protestar contra el Comité de Competición de la Liga que había sancionado al entonces jugador del Celta Michel Salgado con varios partidos de suspensión. La razón del castigo fue un lance del juego en el que Salgado lesionó a un contrincante del Atlético de Madrid, pero esa no era en realidad la cuestión. Lo que empujó a una parte del celtismo a manifestarse fue más bien el maltrato que a su juicio daba la Federación de Fútbol al Celta y, por extensión, a este histórico club e incluso a la ciudad.
Por una vez y sin que sirviese de precedente, la manifestación alcanzó sus propósitos. Días después, los severos jueces de la Liga decidieron levantar en su totalidad el castigo impuesto a Salgado, no sin antes aclarar que en su dictamen no habían influido en modo alguno las protestas populares de los hinchas. Una mentira piadosa, naturalmente.
No siempre las protestas alcanzan tal nivel de éxito, o al menos eso sugiere la experiencia. Acaso con menos motivos que ahora, los sindicatos les montaron varias huelgas generales a los anteriores presidentes González y Aznar, sin que ello modificase sustancialmente las decisiones adoptadas así por el jefe de Gobierno socialdemócrata como por su colega conservador.
Muy a menudo el derecho de manifestación es, en realidad, un mero derecho al pataleo que –por supuesto-- puede y debe ser constitucionalmente ejercido por quienes lo deseen. Pero lo cierto es que en general y salvo excepciones como la antes mentada del Celta, la protesta callejera no suele tener gran eficacia aunque resulte útil para desfogarse. La norma, del todo lógica, es que los gobernantes tomen sus decisiones basándose en el cómputo de las urnas y con los votantes debidamente identificados de uno en uno. Una técnica mucho más fiable que la de contar a ojo de buen cubero a los manifestantes, que tanto puede ser ocho que ochenta o diez mil que doscientos mil, según el cristal partidario con el que se les mire.
Nada de ello impide, desde luego, que los ciudadanos descontentos por las más variadas razones expresen su malestar desfilando por las calles con pancartas y al son de pareados reivindicativos del estilo de: “Fulanito, mamón, trabaja de peón”. Puede que los eslóganes no ayuden a acrecer el rico acervo literario del idioma de Cervantes, pero a cambio algunas de estas manifestaciones resultan de lo más colorido. Los defensores de los animales, por ejemplo, tienen la grata costumbre de manifestarse en pelota brava para quejarse por el maltrato a la fauna: y también es famosa la marcha “ciclonudista” anual con la que los usuarios de la bicicleta expresan en carne viva su protesta contra los coches.
Ya puestos a buscar rarezas, existe incluso una página de Internet que acoge manifestaciones virtuales a las que cualquiera puede apuntarse sin salir de casa. Por poner un ejemplo, cuatro mil internautas marchaban ayer, sin dar un paso, en una protesta contra el terrorismo o algo así.
Sorprende, si acaso, que un país dispuesto a manifestarse por sus candidatos a Eurovisión o sus futbolistas no encuentre motivo alguno para salir a la calle ante las millonarias cifras de paro, la rebaja de las pensiones o el aumento de la edad de jubilación, por citar sólo algunas desdichas recientes. Ya es raro, con lo que nos va la marcha.
anxel@arrakis.es