Carlos Fuentes hundía el pasado mes de agosto su mirada en el Mediterráneo. Por un momento, interrumpe la relación de estragos que Estados Unidos perpetra contra México, para centrarse en los desgarros que México le inflige a México. El primero de ellos, "un narcotráfico de nuevo cuño. Carece de cualquier sentido ideológico y amenaza directamente al Estado. El paro juvenil nutrirá las filas de los ejércitos paralelos y, fíjate, nadie habla de lo que sucede cuando la droga traspasa la frontera hacia el norte". O sea, que el relato concluía de nuevo del lado estadounidense. No era recomendable que un intelectual escapara sin aportar un desenlace:
–¿Cuál es la solución?
–La legalización de las drogas.
El planteamiento de Fuentes anticipaba, y no por primera vez, polémicas hoy candentes. Ya nadie duda del poder ciego de los narcos, de su infiltración en la cúpula de las fuerzas que les persiguen, o del riesgo de que México engrose la lista creciente de Estados fallidos. Desde el voto entusiasta hacia el presidente Felipe Caldersón, el intelectual y político Jorge Castañeda ha girado la tuerca sobre la inconveniencia de la guerra contra las drogas. Su artículo en El País resume que "la guerra contra la droga no debió ser declarada, no se puede ganar y le está causando un daño enorme a México". No se aparta demasiado de la alarma pulsada junto al mar por el ganador del Cervantes y del Príncipe de Asturias. En todo caso, le adjunta el precepto maquiavélico de que no se debe irritar ni dejar malherido al enemigo que no puede ser aplastado.
México aporta los muertos –cien asesinatos diarios–, pero la sensación de desánimo sobre el combate del narcotráfico se ha propagado al otro lado de la frontera. La revista satírica The Onion, una de las más fiables de Estados Unidos, titulaba que "Las drogas ganan la guerra contra las drogas", fiel traducción del balance provocador efectuado por Castañeda. La publicación estadounidense imaginaba la rueda de prensa del zar antidroga que, "en una breve declaración", manifestaba que "a pesar de nuestros esfuerzos, los Estados Unidos no han sido rival para el poder de colocación de las sustancias ilegales". Aunque Washington no ha escenificado la derrota, la jocosa declaración resume?dos décadas de combate.
Dadas las ingentes cantidades invertidas para neutralizar los grandes flujos de la droga, hubiera salido más barata comprarla. No se trata de una propuesta desquiciada de The Onion. Los representantes norteamericanos en Afganistán propusieron la adquisición de la cosecha de opio, que ha restituido al país asiático su liderazgo mundial en la producción de heroína. En una situación tan disparatada, la iniciativa legalizadora de Fuentes se hace razonable. Para neutralizar cualquier sesgo ideológico, la supresión del mercado paralelo de narcóticos figura entre los principios de The Economist, desde una perspectiva nítidamente liberal.
La hipocresía en la guerra contra las drogas –alentada por una sociedad adicta a los antidepresivos y productos de la farmacología cosmética– se ha transmitido a la vana exigencia de pureza a los gobernantes. Bill Clinton confesó que había fumado marihuana, pero añadió que "no inhalé", una ambigüedad a juego con sus políticas centristas. El redimido George Bush no desmintió jamás que el alcoholismo del que se liberó ya cuarentañero estuviera asociado a la ingestión de estupefacientes, aunque ese consumo tampoco fue probado de modo fehaciente. En los dos tomos biográficos que escribió cuando no podía imaginar que llegaría a la Casa Blanca, Obama admitió que había flirteado con el hachís y la cocaína. Ya en la ruta presidencial, denunció que las condenas por narcotráfico ofrecen un perfil racial muy concreto.
Estados Unidos eliminó a Pablo Escobar para Colombia –léase el fascinante Matar a Pablo Escobar, de Mark Bowden–, pero se debate si su verdadero interés consistía en mantener el peligro para sembrar la región de bases militares. El nada sospechoso Fuentes descartaba la voluntad de ocupación que ha trasladado la carnicería a México. Intelectuales y políticos debatirán los efectos secundarios de la guerra contra las drogas, y la humanidad futura se asombrará con el legado artístico de esa tragedia, la novela 2.666 de Roberto Bolaño.