A estas alturas, y a la vista de algunos precedentes, lo peor del ataque contra la vivienda del profesor universitario Blanco Valdés es que se haya podido producir. O sea, que los bárbaros que lanzaron el explosivo, y que pertenecen a colectivos extremistas más que conocidos, tengan margen para actuar e incluso ir a más en su violencia y pasar del atentado contra oficinas inmobiliarias al ataque directo a las personas –y sus propios hogares– que tienen por enemigas.
Y que nadie se engañe durante más tiempo: estos salvajes de ayer son los mismos, aunque varíen sus caras, que en nombre de la salvación de no se sabe muy bien qué tipo de patria tiran piedras contra los que no piensan o hablan como ellos, fabrican bombas para limpiar con pólvora supuestas corruptelas o tratan de justificar la violencia aún mayor de otros cuyo magisterio admiran y quieren asumir. Y de todo ello ha de librarse este país lo más rápida y eficazmente posible.
Con la ley y desde el Derecho, como es natural. O, lo que es lo mismo, a través de la actuación de los cuerpos de seguridad que están para posibilitar todos los derechos democráticos, incluido el de la protesta y la discrepancia, pero ninguna acción de fuerza o de intimidación. Y, obviamente, bajo la dirección de jueces y fiscales, que forman la garantía definitiva de que aquellos instrumentos, la ley y el Derecho, se aplican como es debido.
Dicho eso procede añadir algo más: no basta, aunque resulte necesaria, con la prédica habitual en este tipo de episodios de condenas más o menos retóricas y expresiones de solidaridad. Hay que dar un paso adelante y exigir que las fuerzas sociales colaboren activamente en la erradicación de estos grupos dañinos para la convivencia. Lo que no equivale a pedir un somatén, pero tampoco limitarse a lamentar "cuán bárbaros que son estos chicos".
En ese sentido cumple subrayar, y apoyar, lo que dijo el señor presidente Feijóo sobre la defensa de la libertad de opinión -discrepante o no- y el rechazo a cualquier tipo de violencia o de acoso contra quienes la ejercen desde el respeto y la convivencia. En tiempos duros para los que no practican lo "políticamente correcto", que don Alberto diga eso –y a la espera de que todos en su entorno lo apliquen– suena a gloria bendita.
Ahora toca expresar apoyo y solidaridad con el agredido por los bárbaros y ponerse a trabajar –todos– para que este tipo de cosas no se repitan ni sus autores puedan intentarlo.
¿Eh...?