Los peluqueros catalanes han reaccionado, como peluqueros o como catalanes, contra los intentos recaudatorios de la Sociedad General de Autores de España qui-tando la música ambiente y diciendo que el que quiera acordes, que los lleve puestos de casa. No puedo estar más acorde ya que, a diario, me encuentro más agredido por la música que no deseo oír que por la SGAE a la que no puedo ver.
Alguien decidió hace casi medio siglo que al mundo le faltaba sonido y desde entonces vas de "blues" a "cumbia", de "rap" a "rock", de "pop" a "clásica" por todas las calles, salas de espera y ambientes, lo quieras o no. En los 80 los japoneses inventaron los "Walkman" que los estadounidenses han perfeccionado con el ipod y que cada quien decida lo que va a meter entre sus orejas y a los demás que nos dejen en paz.
Ni música relajante para cuando me laven la cabeza y me corten el pelo; ni discotequera para que compre rápido ropa de impulso; ni "heavy" a todo volumen para que bombardee Bagdad y odie al enemigo.
Estoy estratégicamente de acuerdo con el afán recaudador de los agentes de la SGAE si, por reacción peluquera, o sea por corte, aportan un poco de silencio a este sin vivir en el que estás hablando con alguien y, de pronto, se dispara la segunda estrofa de una canción de Alejandro Sanz, esa en que se pone dramático, rasca la voz y acuden los amigos para darle la razón en los coros o estás intentando leer cómodamente sentado y se te pone a saltar alrededor el dinámico David Bisbal, que suda desde la primera nota.
El mundo está ya tan superpoblado que sobran interlocutores en los ambientes públicos y no hace ninguna falta que a veinte mediterráneos nos incorporen, de un golpe de mando a distancia, de un tirón de cadena, cuarenta latinos llenos de pasiones y percusión o, aunque no paguen derechos a la codiciosa SGAE, la cháchara de lo aquelarres de los magazines mañaneros. Silencio por favor.