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Áspero y sentimental

El fuego, la mierda y la lluvia

Jose Luis Alvite

 06:30  
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No atravieso por mi mejor momento emocional. Llevo una vida tranquila, sin sobresaltos, hace tiempo que no contraigo deudas que no pueda afrontar, tengo una familia en la que apoyarme, mis pesadillas han ido disminuyendo hasta casi desaparecer y mi estado físico me permite todavía cortarme las uñas de los pies sin pedir ayuda, pero, sinceramente, no me considero un hombre feliz. Echo de menos las angustias y las estrecheces de antes, las malas compañías, aquellos días sórdidos y turbulentos en los que evitaba quedar dormido por miedo a echar a perder un sueño. Gracias a tantas dudas morales y a los riesgos que corrí, aquellos fueron sin duda los mejores años de mi vida. Ahora echo la vista atrás y agradezco las circunstancias extremas en las que si tanto disfruté fue sin duda gracias a haber tomado entonces las que en principio parecían las peores decisiones de mi vida. La existencia de un hombre es interesante cuando le ocurren cosas que vale la pena contar, pero aún lo es más si las cosas que le suceden son en cierto modo inconfesables. Ya sé que no está bien reconocerlo, pero los hombres intachables siempre me parecieron menos interesantes que los que sólo se esfuerzan por conservar intacta su mala reputación y la defienden como si fuese su mayor virtud. No soy en absoluto el único que piensa así. El criminal siempre ha causado más expectación que el director de la sucursal bancaria que acaba de atracar, del mismo modo que la muchacha virtuosa despierta más interés a partir del instante en el que deja de ser decente. En determinados ambientes sociales, a un hombre del que se tienen las peores referencias nada le hace más daño que intentar negarlas, sobre todo si tiene la mala suerte de acertar al desmentirlas. Todos nos hemos sentido alguna vez atraídos por alguien del que tendríamos que haber recelado. Siempre me cautivaron los hombres que parten el pan con las manos aún calientes de robarlo. Lo pavoroso coincide a menudo con lo atractivo y sirve para despertar en nosotros los sentimientos más rudimentarios, que, siendo los más contradictorios, a menudo son también los más nobles. Los sentimientos de lástima que nos embargan cuando se desata un incendio en un bosque sólo son comparables en su dignidad a la extraña desilusión que nos invade cuando se extingue el fuego. Es evidente que las Torres Gemelas de Nueva York jamás recibieron tantos visitantes como los que acuden desde el 11-S a ver el espectacular agujero que dejó su destrucción, del mismo modo que muchos lectores consideran que Charles Bukowski escribía mejor cuando su conciencia era en su personalidad menos determinante que sus vicios, lo que demuestra que hay hombres que resultan destruidos en el mismo instante en el que descubren los supuestos valores de la integridad. Por desgracia las decisiones que nos acarrean salud son las mismas que en general nos privan de los más adorables remordimientos. ¿Por qué será que tienen tan buen aspecto los cadáveres de los idiotas? Personalmente siempre tuve la idea de que en muchos casos el aspecto deteriorado de un hombre sólo es la mala letra de una magnífica historia. Como mi imagen frente al espejo es ahora mejor que la de hace un par de años, supongo que esa es tal vez la razón por la que no me considero un tipo feliz. Duermo a mis horas, me alimento con regularidad y llevo una vida sana y sin sobresaltos, pero echo de menos la angustia y la incertidumbre de antes, las malas compañías y todas aquellas cosas que me ocurrían sin necesidad de leerlas en los libros. Algo en mi interior me recuerda a cada instante los culposos e inenarrables días de antes, de cuando las mujeres, como los palacios, me resultaban más interesantes si amenazaban ruina, los viejos tiempos de temeridad y privaciones, ¿recuerdas, colega?, cuando la mierda que no nos cabía en el alma la dispersaba sin dificultad la lluvia.
jose.luis.alvite@telefonica.net

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