Escribí hace unos días sobre un conocido mío que anda a la caza y captura de diálogos insólitos en radios y televisiones. Va de una en otra con la grabadora preparada y, cuando ventea algo que le promete emociones fuertes, la pone en marcha. Casi nunca se equivoca. La vez anterior me trajo unas explicaciones sensacionales sobre la salida de la COPE del famoso locutor Jiménez Losantos. Una pieza de auténtica caza mayor, porque los tres principales implicados en la montería –según versión del afectado– eran nada menos que el Rey de España, el cardenal Cañizares y Mariano Rajoy. Esta vez, en cambio, el contenido del zurrón era más modesto y variado, pero no por ello menos jugoso. La primera declaración grabada correspondía al portavoz municipal del PP en el Ayuntamiento de la ciudad donde resido. A propósito de la retirada de la estatua del general Millán Astray, el hombre quiso compaginar la doctrina oficial de su partido respecto de la ley de la Memoria Histórica con el enfado de algunos de sus votantes, y se lió un poco. Dijo que el gobierno de socialistas y nacionalistas mejor dedicaba su tiempo a ocuparse de resolver los problemas de los ciudadanos vivos en vez tomarla contra las "estatuas inertes". Desconozco si el concejal del PP sufrió un "lapsus linguae" y de su boca salió la expresión "estatuas inertes" (inactivas) cuando en realidad quiso decir "estatuas inermes" (desarmadas). En cualquier caso, da igual. La mayoría de las estatuas son a la vez inertes e inermes. Y la del general Millán Astray lo es en la doble condición, porque el escultor que la hizo (Xoan Piñeiro) lo quiso representar en actitud de lanzar una arenga, con el brazo mutilado a la espalda y el derecho sobre el pantalón, pero completamente desarmado. No conozco el caso de ninguna estatua que no sea inerte y por tanto no esté dotada de animación. De niño creo haber visto una película en la que una estatua cobraba vida, se bajaba de su pedestal, y se integraba en la vida ciudadana, aunque no recuerdo el título ni el argumento. La anécdota del honorable concejal del PP es ilustrativa del maltrato que los políticos le dan a la lengua española, esa que dicen querer defender del acoso de las lenguas minoritarias que pretenden ahogarla por inmersión. No es un caso único, por supuesto. Entre las grabaciones que me entrega este conocido mío hay otra en la que un miembro del mismo partido, queriendo decir "morbosidad" (interés malsano) en una tertulia radiofónica, dijo "morbidez" (blando, delicado) y se quedó tan tranquilo. Y nadie se atrevió a corregirlo. De una forma parecida actuó, en otra comparecencia, un antiguo portavoz municipal del PSOE y candidato a alcalde en una ciudad importante. Este señor, que tiene un apellido de resonancias aristocráticas, dijo, hablando sobre el actual conflicto lingüístico de Galicia, que no le parecía honesto disparar contra el proyecto de decreto del gobierno de Nuñez Feijoó por no estar todavía en la fase de redacción definitiva. A continuación comentó que, si ahora hacemos eso, cuando el texto se concrete sólo nos faltará contratar a un "par de portugueses" para darle unos tiros. La frase me pareció absolutamente obscena. Mafiosos, o criminales por encargo, los hay en todas partes y en todas las nacionalidades, incluida la española. Atribuirle esa condición, de forma genérica, a los ciudadanos de Portugal es una ofensa cargada de xenofobia. Desde luego, no es esta la mejor forma de cuidar las relaciones de buena vecindad.