Allá por mayo del pasado año, cuando sólo se habían registrado en el mundo mil casos de gripe A, la Organización Mundial de la Salud no dudó en decretar el nivel de “alerta 5”, cinematográfico nombre que se corresponde con una amenaza de “pandemia inminente”. Usando un lenguaje de lo más coloquial y accesible al público, la directora de la OMS Margaret Chan explicó que los virus son “muy tramposos”, razón que explicaría las inusuales precauciones tomadas por la alta institución encargada de velar por la salud mundial.
Algunos meses y muchas vacunas después, la famosa pandemia parece haber quedado en nada, tal como ya entonces pronosticaban algunos descreídos. Acusada de compadreo con la industria farmacéutica que se ha hinchado a vender antivirales y otras pócimas a los gobiernos, la OMS se defiende ahora alegando que en modo alguno se dejó influir por quienes han hecho negocio a cuenta de sus alarmas.
Si tan prestigiosa organización lo dice, no hay motivo alguno para pensar lo contrario, naturalmente. Otra cosa es que los malpensados crean ver alguna relación entre el hecho de que el ex ministro de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, sea uno de los accionistas de la empresa que fabrica el antiviral Tamiflú y la alerta –sin duda bienintencionada– de la OMS que tanto contribuyó a multiplicar las ventas de ese medicamento.
Cierto es que la aprensión desatada entre el público por los avisos de la Organización Mundial de la Salud forzó a los gobiernos a extremar las precauciones mediante costosas campañas informativas y la compra de dosis masivas de vacunas y antivirales para hacer frente a la pandemia. En España, sin ir más lejos, la previsión llevó a los gobernantes a adquirir vacunas suficientes para inmunizar (si es que inmunizaban) al sesenta por ciento del censo. Gran parte de ese acopio de remedios irá a parar a las incineradoras, pero no hay razón alguna para culpar a la OMS y mucho menos al Gobierno si se tiene en cuenta que la ciencia médica se basa en el principio según el cual es mejor prevenir que curar. Baste imaginar las pestes que ahora mismo estaríamos echando de políticos y científicos si estos últimos hubieran acertado en sus pronósticos y los primeros no tomasen las medidas que finalmente –y por fortuna– han resultado superfluas.
Aun así, la industria del miedo no deja de ser un excelente negocio. Lo fue ya en vísperas del cambio de siglo –y de milenio– con el famoso “Efecto 2000” que según las gentes doctas en informática iba a colapsar los ordenadores de casi todo el mundo a las doce y un minuto de la noche del 1 de enero de ese año. Aterrorizados por el anuncio de que los ascensores, los semáforos y las centrales nucleares dejarían de funcionar a esa hora fatal, los gobiernos del planeta invirtieron toneladas de euros y dólares en medidas preventivas que en realidad no hacían falta alguna. Llegó el temido día, pasó la romería y aquí no ocurrió nada, salvo el súbito enriquecimiento de algunas empresas beneficiadas muy a su pesar por la alarma.
No menos provechoso está resultando ahora mismo para muchos de sus profetas el miedo al cambio climático que, según auguran, va a desatar el Apocalipsis sobre el mundo en forma de huracanes, temperaturas extremadas, inundaciones, sequías, enfermedades, pérdidas de cosechas, subidas del nivel del mar y otras desdichas sin cuento.
Al igual que en el caso de la OMS y sus fallidas alertas sobre la gripe, hay que presuponer a los teóricos del calentamiento global e incluso a los del olvidado “Efecto 2000” una genuina preocupación por el futuro de la Humanidad, como es lógico. Pero no deja de resultar menos cierto –y comprobable– que el virus del miedo sanea a menudo las cuentas de muchas industrias que acaso sin quererlo sacan réditos del pánico. Si algún día llega el Apocalipsis, tal vez pille forrada a mucha gente.
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