El pueblo etrusco, que habitó el centro de la actual Italia y vivió su mayor esplendor entre los siglos VII y IV a. C., ha pasado a la Historia por el fastuoso estilo de vida de sus clases pudientes, por su inclinación al disfrute de los placeres terrenales y por la equiparación de derechos entre sus hombres y mujeres, superior incluso, en algunos aspectos, a la actualidad. También, por la crueldad con la que se conducía en la guerra, porque sólo en la tortura, como la luz y la sombra de una misma cultura, alcanzaron los etruscos un grado de refinamiento semejante al que mostraban en la búsqueda del placer. Los griegos, sus eternos enemigos, describían aterrorizados el llamado "suplicio tirrénico", que consistía en atar a un prisionero vivo contra otro muerto, manos con manos y boca con boca, para dejarlo morir bajo el abrazo putrefacto de su compañero. El mismo Virgilio, el poeta romano que en la imaginación habría de guiar a Dante en su descenso al Infierno y al Purgatorio, hizo alusión también a esta "espantosa tortura" en sus escritos, tan impresionado por su retorcida simplicidad como lo seguimos estando sus lectores dos mil años después, y a buen seguro preguntándose cómo demonios habrían llegado los de Etruria a idear semejante tormento. Y yo me acordé del suplicio tirrénico, y creí encontrar por fin una respuesta a este milenario interrogante, al ver las imágenes del desastre haitiano: quizá, sencillamente, copiaron el suplicio mayor de la Naturaleza. Porque, si todo desastre natural provoca en el Hombre ese terror que se le hace insoportable, el terror a las fuerzas telúricas que no controla, que no domina, que no puede prever, al caso concreto de los terremotos se añade otro elemento adicional: el miedo a ser enterrado en vida, el miedo a no tener dónde escapar porque es toda la Tierra, todo nuestro territorio, el que tiembla y puede sepultarte. El miedo tirrénico. Unos bomberos españoles contaban el caso, estos días, de una muchacha de catorce años a la que intentaron rescatar bajo los escombros de lo que había sido su casa, en Puerto Príncipe. Tras horas de arduo trabajo habían logrado acercarse a sólo unos metros de donde se encontraba, hasta el punto de poder oírla y saber, por ella misma, que llevaba cinco días atrapada junto al cadáver de su madre. Se apresuraron, pues, a abrir un hueco entre los cascajos para poder sacarla de allí, pero en ese momento llegaron efectivos de la ONU que los obligaron a retirarse porque se estaban produciendo tiroteos muy cerca y peligraba su propia seguridad. La muchacha quedó abandonada a su suerte, y yo, al conocer la noticia, los detalles de tanto sufrimiento y malfario acumulados, de ese persistente ensañamiento del destino con los más débiles, me acordé no sólo de Virgilio, sino de aquel "si Dios existe, perdonará mi duda", el lamento agnóstico y desesperado de Julio Cortázar. Luego supimos que fue rescatada con vida por otros bomberos, canadienses, que accedieron al lugar tras la refriega. Y la solidaridad de los hombres, por esta vez, libró a la infortunada del abrazo tirrénico de la Naturaleza.