Víctimas de un súbito ataque de sensatez, los jerarcas al mando de los tres aeropuertos gallegos han decidido coordinar e integrar sus ofertas de vuelo ante la sangría de pasajeros que vienen sufriendo por la competencia de la vecina terminal de Oporto. Sólo durante el último año, las tres estaciones aéreas de Galicia perdieron más de 250.000 clientes que en su mayor parte habrán ido a engrosar, muy probablemente, la cuenta de resultados del aeropuerto portuense de Sá Carneiro.
La idea, ciertamente revolucionaria en este país del minifundio, consiste en unificar la oferta de los aeropuertos mediante un comité que se encargará de planificar de forma conjunta las rutas aéreas ahora duplicadas y hasta triplicadas. Como bien ha dicho en un inesperado arrebato de lucidez el ministro de Fomento, José Blanco, el propósito es que los aeródromos de Galicia dejen de competir entre sí para disputarle su clientela a los portugueses.
Blanco no hace otra cosa que darle la razón al presidente gallego Alberto Núñez Feijóo, quien propuso meses atrás la unificación operativa de los tres aeropuertos del país a fin de que trabajasen bajo la marca común “Galicia” (o GLG, en las siglas propias del gremio). La iniciativa chocó entonces con la frontal oposición de los alcaldes de A Coruña y Vigo, temerosos tal vez de que se perdiese la identidad de sus ciudades y acaso también la soberanía local que creen ejercer sobre sus aeropuertos. Por fortuna, si bien de manera algo sorprendente, ahora encuentran del todo aceptable e incluso beneficiosa la propuesta del Ministerio de Fomento, que en el fondo –aunque no en la forma– viene a ser más o menos la misma de Feijoo que antes rechazaron.
Como quiera que sea, no es esta la única noticia que en los últimos tiempos revela la puesta en marcha de un proceso que –más pronto o más tarde– habrá de poner fin al histórico minifundismo de Galicia.
Días atrás, los rectores de las tres universidades galaicas habían llegado también a un acuerdo para compartir instalaciones y profesorado con la intención de lograr una mayor competitividad. Al igual que en el caso de las terminales aéreas, el propósito de esa suma de esfuerzos obedece a la necesidad de aprovechar más eficientemente los recursos disponibles. Personas ilustradas y de ciencia después de todo, los jerarcas académicos no tardaron en llegar a la fácil conclusión de que las costosísimas tareas investigadoras propias de la Universidad sólo son viables si se aúnan presupuestos y se establece una colaboración entre los talentos de las tres instituciones.
De estas dos alentadoras novedades bien pudiera desprenderse que Galicia empieza a superar su histórica querencia por el minifundio. A poco que tengamos suerte, este dejará de ser el país algo burocrático en el que todo se hacía por triplicado y con póliza: ya fuesen los aeropuertos, ya las universidades, ya los ferrocarriles de alta velocidad para los que casi cada alcalde reclama una parada en su municipio.
Con el retraso habitual por estas tierras, la concentración parcelaria que en su día fracasó en el campo comienza a aplicarse tímidamente a la nueva Galicia urbana que heredó de la rural su propensión a fragmentarse en leiras universitarias, aeroportuarias, financieras y de casi cualquier otro tipo. Era –y es todavía– esta una nueva versión del minifundio tan estéril como la agraria de toda la vida.
Felizmente, las autoridades con mando en plaza parecen haber deducido por fin que la dispersión propia de la política parroquial no lleva a parte alguna. Tanto es así que han decidido sustituirla por el más eficiente espíritu de los mosqueteros, que a pesar de ser también tres –como todo en Galicia– encontraban mucho más práctico actuar bajo el lema: “Todos para uno y uno para todos”. Lástima que hayamos tardado tanto en entender, como sugería el griego Esopo, que la unión hace la fuerza.
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