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SÁLVESE QUIEN PUEDA

Y ella vivió, sin planchar para nadie, feliz para siempre

Fernando Franco

 06:30  
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Las mujeres han mejorado, al salir de casa, la vida en exteriores.
Las mujeres han mejorado, al salir de casa, la vida en exteriores. 

Había una vez una chica que un día, creyendo que estaba enamorada, le pidió a su chico que se casara con ella. ¡No, por Dios!, dijo su chico, añadiendo un gesto de terror a su habitual cara de pasmado. Y la muchacha vivió feliz para siempre, sin lavar ni cocinar, sin planchar para nadie, sin tener que ser fiel a un tipo calvorota que engorda poco a poco y gozando de numerosos hombres sin tener que dar explicaciones a ninguno. No me olvido de este cuento contracultural que me envió hace tiempo una amiga combatiente y que viene a ser antítesis de aquel otro perverso y mentiroso de nuestra infancia en que "eran felices y comían perdices", seguro que salido de la factoría de mitos del franquismo para que nos casáramos como Dios manda.

El cuento desmitificador no es más que una parte ínfima y humorística de la artillería cultural con que parte una cruzada femenina, sutil y silenciosa, empeñada en la conquista, doma y castración de los Santos Lugares de la Falocracia. Está invadiendo, por de pronto, los territorios laborales y han sellado las bocas masculinas, que ya no cuentan chistes machistas. No hay prisas. Al modo de cualquier imperio en decadencia, el del hombre da estertores, boqueos moribundos, y se cuentan por cientos los naufragios de sus naves androgénicas entre los bajíos ovulares de la ginecocracia, por ahora escondida cual sirena incitante entre las rocas. Tus jueces, tus abogadas, tus médicos... ya son mujeres. Los periódicos se feminizan y ya oyes lúcidas definiciones de este menester: "el periodismo es como el sexo oral, al principio da asco, después dices "bueno" y más tarde te gusta". Eso no lo sabría decir nunca un hombre. El caso es que se feminizan las redacciones, mejora el periodismo y el resto de las empresas, y se advierte en lontananza la instalación de un "nuovo ordine endocrino" basado en estrógenos y progesterona. Todo ha mejorado con ellas pero justo llenan esta nave laboral cuando zozobra y todos quieren desembarcar de ella.

La mala suerte de esa generación que llega sin conocer más revoluciones que la de los electrodomésticos es que ocupa el crucero laboral en el peor de los momentos desde hace 30 años: justo cuando tanto armadores, como sus keleustes, que eran en la Grecia clásica quienes marcaban el ritmo de los remeros, y por supuesto los mismos remeros, se dan cuenta de que se ha perdido el rumbo, de que la organización de la producción tal como se entendió en la última década es insostenible e ingrata tanto para los de arriba como para los de abajo, para los que planifican como para los que transmiten y los que ejecutan; justo se embarcan cuando sobrevivir en un mercado competitivo obliga a trabajar como maquinas sin necesidades ni sentimientos, sin tiempo para uno y menos para hijos, con jornadas laborales de cuerpo presente tan intensas que la mente acaba por estar ausente. Racionados el amor y sexo. Unos no hallan trabajo y otros no ven cómo reducirlo.

Pero me estoy poniendo transcendente, arriesgándome a convertir en un coñazo este espacio, al modo de esos columnistas sobrios y sesudos que escriben desde sus mesas camillas frases sentenciosas con olor a naftalina. Empecé hablando de las mujeres, que por cierto cada vez están más solas, como los hombres, aunque ahora se llame a eso independencia. Las mujeres han mejorado con su presencia, saliendo de la casa, una vida y un trabajo que antes eran aburridamente masculinos, pero yo quiero acabar con algo más "light" pensando en ellas, por ejemplo con amor, que nunca cansa. ¡Ah, el amor! Hay momentos en la vida en que te llega el amor y te aturde, los hay en que no te llega nada y lo añoras y hay otros en que lo tienes pero parece una goma de mascar con sabor a cadaverina; hay momentos en que suspiras por todo aquello que has dejado atrás y otros en que te das cuenta de que ha llegado el tiempo de un cambio si quieres seguir mirando hacia adelante. Cuando los hombres tratamos de mujeres estamos siempre con lo mismo, no hablando del amor sutil en plan Stendhal sino más prosaicos y orográficos, como si en ellas no existiera nada más arriba de los pechos. Pero, si el paso de los años sirve para algo, que sirve para poco, es para agradecer a los dioses su existencia: ¿Con quién íbamos a discutir, no siendo gays, sino están ellas? ¿A quién amar si nos faltaran?

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