Me parece el titulo más adecuado para comenzar una reflexión que se me antoja inaplazable ante el cariz que está tomando un debate (prefiero llamarlo así), en el que todos nos jugamos mucho, pero que da la impresión de que algunos simplemente lo consideran un juego o una ocasión personal.
La primera constatación es con qué ligereza y desinformación popular se está iniciando una leva de soldados para una guerra de opinión y presión en la que no se está poniendo sobre la mesa la situación real de la que partimos y, sobre todo, a donde queremos llegar. La primera víctima de la guerra es la verdad, y en este caso no es una excepción.
La segunda es la poca credibilidad de quienes hoy dicen una cosa y mañana la contraria, en función de sus equilibrios internos de partido, y de su mejor o peor relación con algún alcalde de su propia formación. No es así como se construye una alternativa sólida y fiable que algún día aspire a merecer la confianza de los gallegos.
La tercera constatación es la facilidad con que se confunde el todo con la parte. Los políticos no deberían creer nunca que sean la reencarnación del territorio que gestionan. Porque ni Cataluña era Pujol, ni Galicia era Fraga, ni Vigo es cualquiera que teniendo o habiendo tenido el honor de ser su alcalde, confunda sus intereses con los de la ciudad.
Dicho lo cual, se debería hacer un ejercicio de humildad y autocrítica colectiva antes de enarbolar banderas a favor o contra un determinado modelo financiero en lo que a las cajas de ahorros se refiere, establecer claramente cuales son los intereses de Galicia, entendida como un todo y no como una suma de intereses localistas, e identificar cual es el bosque y donde están los árboles; para que estos no nos impidan ver aquel.
Un hecho es cierto: el actual modelo financiero, en lo que a las cajas de ahorros se refiere, ha tocado fondo y no tiene más recorrido en su actual formato. Si el modelo específicamente español, herencia de tiempos pasados, ya era anacrónico, las arriesgadas apuestas realizadas en cemento y ladrillo en situaciones de bonanza económica, época de vacas gordas, colocaron a estas entidades (y no solo a estas) en una situación de debilidad que aconsejó reestructuraciones y alianzas para fortalecerlas. El asunto, por tanto, no es el QUE, sino el COMO.
Y aquí es donde, en mi modesta opinión, se han mezclado churras con merinas. Se ha confundido un escenario de saneamiento financiero, con uno de casar al feo rico con la guapa arruinada, en la confianza de que el heredero (o heredera) será guapo y rico. Pero, ¡ojo!, porque puede acabar pasando lo de aquella niña, que siendo hija de un premio nóbel y de una reina de la belleza, se preguntaba porque había heredado el cerebro de mamá y el físico de papá.
Pero también se ha confundido arteramente el interés en tener un instrumento financiero sólido con tintes de galleguidad y los pies en Galicia, con la convicción de que sólo existe una manera de llegar a esa solución. Comparto el criterio de Alberto Núñez Feijóo, y lo habría compartido exactamente igual si fuera el de Guillermo Vázquez o el de Manuel (Pachi) Vázquez. Porque esa es la segunda cuestión. No podemos tomar partido en función de quienes defienden qué, o de que posición partidaria está en la base de cada propuesta, como no podemos seguir manteniendo el mito de que la posición de las entidades está condicionada por el carácter, personalidad o química existente entre sus dirigentes.
Reconozco que el debate habría sido más sosegado si los movimientos políticos de Caja Madrid no hubieran sido los teloneros del concierto, si Alberto Núñez no hubiera ganado por mayoría absoluta "in crescendo" y no fuera por tanto el enemigo a batir por cualquier medio (ya dijo Pachi Vázquez aquello de "ni cien días, ni cien horas de gracia"); y si el año próximo no hubiera elecciones municipales.
Pero el localismo y las adhesiones inquebrantables no son un buen sistema para consolidar liderazgos. Porque si el dicho ya clásico "Quod natura non dat, Salmantica non prestat" resulta cierto, también lo será que lo que la gestión y el liderazgo no aporten, el localismo exacerbado y populista no lo va a remediar.
Vigo necesita una entidad financiera sólida que sea motor de desarrollo y recuperación económica. Exactamente igual que Galicia. Con reservas financieras y un bajo nivel de morosidad. Igual que Galicia. Y con un equipo de gestión experto y eficaz. Exactamente igual que Galicia. Por tanto, si necesitan lo mismo, lo que debemos es buscar la manera de obtener los objetivos establecidos unánimemente, sin generar tensiones que nos aparten de ellos, o que debiliten los instrumentos y recursos financieros existentes, y por ende, el peso político de Galicia en el conjunto de España. Porque el primer resultado de una guerra es que el vencedor, destrozado el vencido, queda tan debilitado que es presa fácil para los que se mantuvieron al margen de la misma y conservan su fortaleza. Galicia podría quedar sin ninguna entidad financiera sólida y gallega.
No conozco ninguna Caixa que se llame de Coruña o de Vigo. Conozco una Caixa de Galicia y otra Nova. Ambas, a su vez, son fruto de fusiones anteriores de Cajas de Lugo, Santiago, Ourense y Pontevedra, al menos hasta donde mi memoria alcanza; quizá falta alguna, perdón por la omisión. Es decir: Caixas que son el compendio de esfuerzo, ahorro y capacidad emprendedora de todos los gallegos, muchos de ellos desde la emigración. No parece razonable, ni justo que dos ciudades, o mejor dicho, dos alcaldes, ambos buena gente, se apropien y patrimonialicen lo que en justicia es de todos. Y a partir de ahí, teniendo en cuenta la historia, lo ético y lo estético, ¿por qué abrir una guerra contra el concepto de una Caixa Gallega, como van camino de hacer los catalanes, o los madrileños?. No tengo dudas al respecto.
Y tras conocer la auditoria de KPMG resulta más desconcertante, que algunos mantengan sus dudas, más bien poco razonables sobre la conveniencia de que Galicia cuenta con una Caixa sólida y gallega.
Cosa distinta es COMO deba conducirse el resultado, donde la trayectoria, capacidad de gestión y la innegable experiencia de Caixanova, junto con su gran valor para una enorme mayoría de sus clientes, vigueses o gallegos, que es la política de proximidad al ciudadano y a sus problemas, debe configurar un escenario de convergencia, que en ningún caso de absorción de nadie por parte de nadie.
Pero, sobre todo, los vigueses debemos recordar lo que de nuestra ciudad decía Otero Pedrayo, cuando afirmaba que Vigo es la quintaesencia de Galicia. Y por eso, aunque sólo sea por eso, no debemos caer en localismos interesados, supeditados a los vaivenes de los sondeos electorales, que nos alejen de nuestra identidad y provoquen confrontación con el resto de Galicia. Porque ni Vigo es Numancia, ni las Cajas de Ahorros pueden ser objeto de resistencias numantinas. Más que nada por innecesario.