Fiel a su carácter heterodoxo, revolucionario y a menudo libertino, el festival de Eurovisión vuelve a desatar la polémica tras la descalificación de la famosa periodista del chismorreo Karmele Marchante como candidata a representar a España. Marchante lideraba las preferencias del público que este año vota en internet a los aspirantes cuando TVE decidió excluirla de la puja. Telecinco, la cadena patrocinadora de la cantante-periodista, ha montado en cólera hasta el punto de calificar de "antidemocrática" e "inconstitucional" la eliminación de su figura mediática. Es de esperar que el conflicto no acabe ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
Puede que a muchos les parezca desproporcionada esta polémica con origen en lo que a fin de cuentas no pasa de ser un festival del antiguo género de variedades; pero eso sería tanto como menospreciar el verdadero alcance de Eurovisión. Un certamen que en realidad es bastante anterior a la Unión Europea y acaso haya contribuido a cimentar musicalmente la actual alianza continental de 27 naciones.
Lejos de constituir una novedad, la polémica desatada por la eliminación de la pizpireta Marchante es una anécdota casi previsible, del mismo modo que lo fue dos años atrás la participación –ciertamente no muy airosa– de Rodolfo Chikilicuatre en el concurso.
No es España el único país que se toma a broma este que un día fue festival familiar capaz de desatar pasiones y levantar millonarias audiencias. Hace un par de años, por poner un ejemplo, Irlanda no dudó en designar a una marioneta –el Pavo Dustin– como representante nacional de esa república en el concurso europeo de gorgoritos. Pero la tradición viene de mucho más atrás.
Revolucionario a pesar de su engañosa estética democristiana, el festival no ha parado de romper barreras en materia de costumbres desde que comenzó a emitirse hace ya más de medio siglo. Desde el complejo de Edipo al lesbianismo, pasando por la transexualidad o los amores menoreros, apenas hubo heterodoxia que no acogiese este certamen de tanto éxito entre el público de orden.
Un jovencísimo Jean Jacques, por ejemplo, bordeó los límites de la apología del incesto en la edición de 1969, cuando representó a Mónaco con un apasionado canto al amor materno que llevaba precisamente el título de "Mamá". Poco después, la italiana Gigliola Cinquetti abordó sin complejos el espinoso tema de las relaciones entre menores y adultos con su célebre tema "No tengo edad (para amarte)".
No menos iconoclasta fue en su día la participación del –o la– transexual Yaron Cohen, que ganó el festival de 1998 para Israel. Por no hablar ya de la joven pareja de lesbianas formada por Yulia Volkova y su novia Lena Katina, dos gallardas adolescentes rusas que años atrás compitieron en Eurovisión bajo la tentadora promesa de desnudarse en el escenario y contraer matrimonio si el jurado les diese el premio. Infelizmente, los severos jueces no quisieron darnos esa satisfacción.
El paso del tiempo ha sido inclemente con este viejo festival que ahora ya sólo despierta pasiones en los países de la antigua Unión Soviética, víctimas todavía según parece de los estragos causados por Lenin y Stalin en el equilibrio mental de su población. Prueba de ese interés es que, en lo poco que llevamos de siglo, la nómina de ganadores de Eurovisión incluye a Estonia, Letonia, Ucrania, Serbia y la propia Rusia.
Los países veteranos como Irlanda o España –que compite desde 1961– han acabado por tomarse el asunto a chirigota, como debe ser. Tanto les da enviar un pato de trapo que un Chilikuatre o, ya puestos, organizar en Internet un concurso previo de aspirantes al que este año se han presentado aquí casi todos los frikis (léase: extravagantes, estrafalarios) censados en la Península. Aunque no esté Marchante, Eurovisión nunca deja de dar el cante.
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