De modo que, confirmado lo que todo el mundo sabía en este país –es decir, que la auditoría sobre la hipotética fusión de las cajas gallegas iba a ratificar las tesis de la Xunta–, cabe señalar que aún así, ha dejado margen para la sorpresa.Sobre todo porque no ha sido capaz de maquillar el terrible coste económico y social que va a suponer el favor del señor presidente a sus amigos.
(El problema principal es que lo medible, por más que se disfrace, es poco opinable: y si además la opinión referente corresponde a alguien que se ha mostrado tan voluble comola señora conselleira de Facenda en este asunto, peor aún. Sin la menor pretensión de argumentar ad mulierem, conviene remitir a quienes discrepen con esto a las declaraciones contradictorias de doña Marta en lo que va de proceso.)
Con las cifras sobre la mesa, hay que convenir que el intento del señor Núñez Feijóo para salvar a quienes están con el agua al cuello significa riesgo de ahogo para otros y para el país en su conjunto. El cierre de casi trescientas oficinas, la pérdida de más de mil trescientos puestos de trabajo y un coste de mil doscientos millones de euros en indemnizaciones o prejubilaciones es un balance que, en tiempos como estos sólo puede calificarse de capricho, y además disparatado.
Y cabe aún otra reflexión. Los datos de la auditoría sobre beneficios hacen que la cacareada solvencia, que según el señor presidente es el motivo principal de la operación resulte bien discutible. Y, en concreto, la caja única presentaría un saldo positivo inferior al que las dos actuales han hecho público en estos días, y además referido al peor año de las últimas décadas, que fue el pasado y tremendo 2009. Que Dios ampare a don Alberto –y a este país– como haga todos sus viajes con semejantes alforjas.
Ítem más: confirmando aquello de que por la boca muere el pez, la señora Fernández Currás, ayer mismo, admitió que la operación no blindaría a la supuesta caja única contra la voracidad de otras mayores y, por tanto, tampoco garantizaría la galleguidad cuya pérdida desvela al jefe del Gobierno y a sus ocasionales aliados del Bloque. A los que, por cierto, el señor Beiras –de cuyos servicios a Galicia y al nacionalismo sólo dudan los imbéciles y oscuros– llamó "tontos útiles".
El capricho, pues, es carísimo y no impide absorciones futuras. Debiera meditarlo más el señor Feijóo, para que no se cumpla aquello de que el que se ahoga, por salvarse, no vacila en ahogar a su salvador.