Una vasta conjura internacional acecha en estos primeros días de su presidencia de la UE al primer ministro español José Luis (R.) Zapatero. Los piratas informáticos lo equiparan a Míster Bean; los gobiernos del continente se toman a broma sus propuestas y, por si todo ello fuera poco, algunos de los más prestigiosos periódicos del mundo ironizan hasta el límite del sarcasmo sobre la capacidad de España para gobernar Europa. Es lo malo que tiene salir al extranjero.
Nada de esto hubiera ocurrido si Zapatero se limitase, como hasta ahora, a administrar con mayor o menor fortuna los asuntos internos del país que le son propios. Para su desgracia, los imprevisibles designios del azar situaron al jefe del Gobierno al frente de los destinos de la Unión Europea, aunque ese mando sea provisional y compartido con el belga Van Rompuy y el portugués Durao Barroso.
A diferencia de sus otros dos colegas, por lo general discretos, Zapatero no ha resistido la tentación de alumbrar algunas ocurrencias como las que tan famoso le han hecho en España. Prueba de ello es que, apenas estrenada su presidencia de turno, el primer ministro español se ha apresurado a proponer sanciones a aquellos países que no cumplan con las normas de la Unión Europea en materia de déficit y otras cuestiones de orden financiero.
Amenazar de ese modo a Alemania, el país que con su talonario ha pagado las autopistas, los puertos, los aeropuertos y hasta los cursillos de los que se nutren los sindicatos españoles es una actitud cuando menos temeraria. Tal vez sea esa la razón por la que el Gobierno de la canciller alemana Ángela Merkel comentó con cierta displicencia que las propuestas del accidental presidente español de la UE “no tienen sentido”. Los alemanes no llegaron al extremo de pedirle sentido común, pero por ahí se anda la cosa.
Lo que en el fondo ocurre es que Europa nos tiene envidia, como en aquellos lejanos tiempos del Caudillo que tan atinadamente denunciaba los complots de liberales, judíos y comunistas contra este país. Se conoce que los europeos y el mundo en general no soportan que España haya progresado hasta el punto de fabricar durante estos dos años de crisis más parados que la suma de los que facturaron Alemania y Francia. Un logro de particular mérito si se tiene en cuenta que la población española equivale a menos de un tercio de la de esos dos desdichados países.
Si mala ha sido la reacción de los gobiernos europeos, más inmisericorde resulta aún la de la prensa internacional, gobernada –como se sabe o sospecha– por los lobbies judaicos. El norteamericano Wall Street Journal, por ejemplo, tuvo la indelicadeza de escarnecer a la presidencia española de la UE al afirmar que Zapatero quiere acabar con los problemas económicos de Europa por el expeditivo método de prohibirlos. Al que tenga demasiado déficit, o paro, o lo que sea, se le sanciona y ya está, vienen a decir los sarcásticos editorialistas de ese periódico.
No menos mordaz, el Financial Times se pregunta algo retóricamente por cuánto tiempo puede permanecer en el aire una cometa española. La respuesta es cuatro días: justamente lo que han tardado los gobiernos de Alemania y el Reino Unido en “tumbar” –para decirlo con sus propias palabras– las bienintencionadas propuestas de Zapatero en su estreno como presidente de guardia de la Unión Europea.
Todos estos han de ser sin duda los gajes propios de adquirir responsabilidades internacionales, aunque sean meramente simbólicas y compartidas con otros como las que le ha tocado ejercer, por turno, al presidente del Gobierno español. Pudiera ocurrir, simplemente, que a Zapatero no lo conociesen hasta ahora en Europa. O que se haya cumplido la famosa máxima de Groucho Marx: “Es mejor estar callado y parecer tonto que abrir la boca y despejar las dudas definitivamente”. Quién sabe.
anxel@arrakis.es