Así que, a la vista de lo que hay, no parece que quede mucho margen para dudar de que lo que sucede en Ourense es algo más que una batalla interna por el poder en el PP provincial. Cada día que pasa está más claro que se trata también de una pugna entre formas de hacer política, modos de empleo del poder e incluso –aunque sobre eso habría mucho que matizar– de enfoques diversos de lo que ha de pesar lo gallego en ese partido.
En todo caso, la enumeración de esos aspectos, que no agotan el catálogo de posibles, demuestra que la batalla de Ourense es algo más que un asunto interno del PPdeG. Sea cual fuere el resultado –incluso si se forzase una lista única, lo que por cierto iría contra el discurso oficial sobre la bondad del debate– su efectos colaterales se extenderán a toda la organización y por ello a la Xunta, que es lo mismo que decir al país entero. Y hasta hay quien opina que podrían llegar la aritmética parlamentaria, hipótesis que todos niegan pero que, nadie puede descartar.
Dicho eso, lo que ahora mismo procede es una reflexión sobre el espectáculo que proporcionan las dos candidaturas y sus entornos y que además de erosionar su propia imagen, dañan la de un partido que gobierna la provincia y el país y por tanto abren sospechas sobre el modo que tienen de hacerlo. Unas sospechas que nacen en las acusaciones sobre maniobras de presión hacia militantes y/o alcaldes usando recursos públicos y que nacen, al decir de unos y otros, en las mismas entrañas del poder.
Y eso no es de recibo. A estas alturas, y en estos tiempos de forma especial, la sociedad gallega no puede aceptar que alguien diga, y no se desmienta ipso facto que se contrata a empleados públicos desde criterios de lealtad personal o que se condicionan ayudas provinciales o autonómicas al sentido del voto a depositar en un congreso. Es intolerable por razones de ética sobre todo, pero además también de estética.
Es posible, por supuesto, que nada de esto resulte nuevo, y que además no se limite a una sola fuerza política. En los últimos tiempos y por distintos motivos se manejaron supuestos parecidos y polícromos; pero aunque todos fuesen ciertos sólo servirían para certificar el error de quienes se consolasen con el mal de muchos. Por eso parecería más sensato, y desde luego mas necesario, que se desautorice política e institucionalmente el modo en que se desarrolla la batalla y se exhorte además a los contendientes a cambiar de táctica.
¿O no?