Pues la verdad es que, dicho sin el menor ánimo de molestar, como todas las aportaciones que el otro día pidió el señor presidente de la Xunta para mejorar el borrador de su decreto lingüístico sean como las que ayer planteó la Real Academia, le esperan a don Alberto trances bastante amargos. Y seguramente injustos porque son pocos, si es que hubo alguno los que han querido ver en su oferta "un punto de contricción", que escribió Zorrilla.
Es una forma de hablar, claro, porque esta Xunta no precisa de arrepentimiento aunque puede que sí de rectificación; o si se quiere más suave, ciertos retoques en su política con respecto al idioma. Y, además, en el modo de enfocarla; con todo respeto para otras opiniones, hasta ahora sus encargados directos no han podido ser más torpes: la mejor demostración de que no se exagera al decirlo es un recorrido por la escala de quienes rechazan el decreto. En el mundo de la cultura no falta casi nadie y, por si fuera poco, en el de la educación hay convocada una huelga general.
Dicho eso, que parece evidente, es preciso añadirle alguna reflexión más.La primera, por supuesto, relativa a la legitimación que tiene el Gobierno gallego para desarrollar el programa con el que concurrió a las elecciones, y en el que se hacía referencia inequívoca a sus intenciones lingüísticas. Y cuando alguien gana con el margen de votos con el que lo hizo el PP, no sólo tiene derecho, sino obligación de cumplir lo que prometió, sobre todo cuando quedó claro y sin mucho margen para interpretaciones posteriores.
Cosa diferente es que el borrador del decreto recoja fielmente el espíritu de los compromisos electorales y, por supuesto, la visión del "bilingüismo cordial" al que tantas veces se refirió don Alberto Núñez. Y son muchos, bastantes incluso dentro de su propio partido, que creen que aquello no es lo mismo que esto y que, por lo tanto, lo que ha de hacerse es ajustar los dichos a los hechos y no practicar el tan celtíbero "sostenella y no enmendalla", sea por un secretario xeral o por un conselleiro.
Claro que lo que no debe plantearse tampoco es, más que una rectificación, la rendición de un gobierno recién elegido, tal como –en los duros términos con que se ha expresado– parece pretender la RAG. Que hace un ejercicio de descalificación poco propio de una institución que ha de ser sosegada para mejor defender lo que le corresponde, incluyendo claro la lengua propia –pero no única– de Galicia.
¿Eh?