Harto de que el afán aventurero de algunos acabe costándole un congo al erario autonómico, el Gobierno asturiano ha instaurado una tasa para los rescates de personas que se hayan perdido o sufrido accidentes en las montañas a causa de su propia negligencia o audacia incontrolada. Disuasoria y progresiva, puede superar los dos mil euros para los émulos de sir Edmund Hillary que desprecien los partes meteorológicos o el mero sentido común. En Cataluña y Cantabria existen impuestos similares, y en el conjunto de España el coste de los rescates y ayudas en el mar debe ser asumido por los particulares cuando se producen por parecidas razones. Hace algunos años, mi querido Gustavo Luca de Tena y quien este suscribe, navegando en un velero un poco desastroso que quizá no por casualidad se llamaba L´Imprudant, quedamos al albur de las corrientes ártabras sin viento, ni motor ni radio. Solicitamos ayuda por teléfono móvil y se nos dio en tiempo y forma. Nos remolcaron hasta puerto y allí mismo, a pie de muelle, sin más demora, pasamos por caja. Nada que objetar. La cuestión es por qué no se aplica la misma lógica al ámbito internacional. Aquí hay dos grandes tipos de percances: los empresariales y los personales. De los primeros es claro ejemplo el Alakrana. El Estado español ha empleado tiempo y recursos para rescatar a sus tripulantes. En esa lucha estuvimos todos y volveríamos a hacerlo, pero de ahí a sostener que el Gobierno debería proteger la flota con efectivos militares media un abismo. Los atuneros van a esas aguas por negocio, y cada empresa debe evaluar los riesgos de trabajar en la zona y, en su caso, computar la seguridad entre los costes de explotación. Pero después, claro, están las aventuras particulares, donde se llevan la palma los coroneles tapiocas, los reporteros por libre y a lo loco, proclives al percance incruento que les de fama, y sobre todo los solidarios incontrolados. Sobre éstos últimos podría escribirse todo un tratado, pero digamos apenas ahora que dentro de ellos destaca el subgénero que todavía practica la vieja solidaridad neocolonial tipo Reyes Magos o llena el camión y corre, que hace la delicias de las hordas de fanáticos que desde hace tiempo cazan a la espera en áreas como el Sahel. También les alienta la convicción burguesa de que las buenas intenciones sirven de salvoconducto ante la miseria y los horrores de este mundo, error de bulto de cuyas trágicas consecuencias somos testigos estos días. La gente de Cáritas, los misioneros combonianos de Mundo Negro, la Cruz Roja, los Médicos sin Fronteras llevan años ahí, en el tajo, sin provocar quebraderos de cabeza al Moratinos de turno. Merecen nuestro profundo respeto. Los Willie Fogg en busca de guerra, o afiebrados de solidaraditis, son, definitivamente, otra cosa.