En los últimos meses venimos asistiendo a una agria disputa entre partidarios de la fusión de las dos Cajas gallegas y los que no consideran esta posibilidad. Diríase que a los primeros una súbita alarma les ha despertado del letargo que les impedía ver un peligro que es necesario remediar con urgencia (¿?) y los segundos se ratifican en la convicción de las ventajas de la competencia, la solvencia de Caixanova y lo saludable de evitar la politización de entidades financieras.
Desde La Coruña, por necesidad o por ansias de grandeza se busca afanosamente la fusión y, a tal efecto, llevan a cabo una agobiante campaña de presión sobre la Xunta, que ésta ha aceptado con agrado por coincidir con su fin primordial, la ingerencia política que les otorgue poder decisorio sobre la línea de actuación de la nueva Caja. ¡Dios nos coja confesados! Recientemente, los resultados de tal ingerencia política han sido ejemplarizados con claridad por la situación de la Caja de Castilla La Mancha.
Dejemos que los políticos hagan política y que la entidades financieras sean gestionadas por profesionales competentes, sin eludir que su honestidad y buen hacer sea sometido a todos los controles que se considere necesario.
Los partidarios de la fusión esgrimen esencialmente el etéreo argumento, no mensurable numéricamente, de la galleguidad que adornaría a la nueva Caja. ¿Es que ahora, con dos Cajas no se da esa circunstancia? El argumento pudiera tener justificación si Caixagalicia o Caixanova fuesen absorbidas por otras Cajas que arrastraran para sus pagos los centros de decisión, Este no parece el caso y, al menos en Caixanova, no se ha vislumbrado tal eventualidad. En todo caso se habrá insinuado un posible SIP que en absoluto supone perdida de galleguidad o de poder decisorio. Lo que objetivamente habría que sopesar es que en los tres informes aportados por Caixanova –dos de ellos elaborados por auditores externos de máximo prestigio- se llega a idénticas conclusiones que hacen difícil justificar la fusión, ya que la nueva Caja se enfrentaría a serios problemas, como el cierre de cientos de sucursales y pérdida de miles de puestos de trabajo que obligaría a soportar durante un largo periodo –tal vez cercano a los quince años- una ingente carga de muchas decenas de millones de euros; aceptar que algún ratio para el que normalmente se admite una relación que no supere el 50% alcance en este caso el 75% y, con escalofríos, pensando en el enorme endeudamiento con el FROB, se prevé un lustro de pérdidas que, entre otros aspectos, pondría en grave aprieto el mantenimiento de la Obra Social, cuyo sostenimiento está directamente ligado a la cuenta de resultados. Esta evidencia parece ser es lo que dio paso a otra auditoría encargada por la Xunta , que casi milagrosamente, aparenta batir records de velocidad
Todo ello, además de desaconsejar la fusión, deja asomar el fantasma de la supervivencia de la nueva entidad que surja y, por ende, la desaparición de la legítima y defendida galleguidad a manos de quien acudiera a salvarla. Pero la política ansiosa de poder no quiere o no sabe ver este riesgo y está decidida a celebrar la boda y, para venecer la resistencia de uno de los contrayentes que no está dispuesto a dar el sí, recurre a la táctica del caballo de Troya, introduciendo una quinta columna en los órganos de gobierno. Está por ver que sucederá en la línea Maginot del Banco de España. Y de cómo, si se alinea con su Alcalde, responde la ciudad de Vigo.
Desde el norte, con orfandad de argumentos técnicos y económicos y por si no supiéramos que para algunos galleguidad es sinónimo de coruñesismo, el Alcalde herculino y el Presidente de la Cámara de Comercio dejan ver su plumero, urgiendo una inmediata fusión y aclarando que, por tener mayor tamaño la Caja coruñesa, la capitalidad de la nueva Caja ha de estar en La Coruña. ¿Será esta la galleguiad que defienda el PP vigués en los próximos comicios municipales? En cualquier caso hay que resaltar que los mandatarios coruñeses se limitan a considerar el tamaño, sin sopesar ningún otro factor y olvidándose de la solvencia, los ratios, el nivel de morosidad, la generación de beneficios, etc. Si lo hace, la agencia internacional de calificación Fitch Ratings, situando a Caixanova en la serie A y a Caixagalicia en la serie B y también alguna publicación, como Cotizalia, que al hacerse eco de la negativa a la fusión expresada por el gobernador del Banco de España – incluso con recomendaciones al respecto al Sr. Rajoy- apunta una amplia ventaja de Caixanova en la generación de beneficios y llega a afirmar que la Caja del norte "arrastra problemas de todos conocidos". No lo sé ni me atrevo a ratificar este diagnóstico. Y, por supuesto, no lo deseo. Pero, tal vez pudiera explicar por qué Caixagalicia con un tamaño que supera en un 60% al de Caixanova, viene aceptando la fusión en un plano paritario y de igualdad. ¿Generosidad o necesidad? En cualquier caso, si la valoración de estos datos les resulta tarea demasiado ardua, me permito recomendarles que repasen la Biblia, prestando atención al pasaje d David y Goliat.
En la cosecha de incongruencias, destaca la actitud de los sindicatos que poyan la fusión sin preocuparse por el cierre de cientos de oficinas y la pérdida de miles de puestos de trabajo. Como apuntillaba el famoso muñeco Roquefeller, me lo expliquen.
Es obvio reconocer que no soy partidario de la fusión, porque objetivamente creo que es malo para Galicia la pérdida de la competencia, la politización de entidades financieras, el incremento del paro, la posible radicalización de posturas localistas, etc. Ya sé que estas reflexiones no van a ser compartidas por los promotores de la idea; pero no sobraría recordarles que el arma que ahora pretender empuñar, antes o después, pasará a otras manos. Eso sin contar con el difícil y seguramente poco duradero matrimonio de dos fuerzas políticas tan antagónicas como el españolista Partido Popular y el nacionalista Bloque Gallego.
En otro orden de cosas, la nueva Ley gallega, alumbrada con urgente cesárea y sin esperar a la anunciada de ámbito nacional, introduce aspectos tan curiosos como el de renovar los órganos de gobierno en el 75% de su composición, frente al tradicional y a mi juicio más lógico del 50% y haciéndolo de inmediato, a la velocidad de un AVE que aún no tenemos, parece que se está otorgando a la nueva Ley un inusitado carácter retroactivo que despoja de sus puestos a miembros legalmente elegidos, antes de cumplir el mandato para el que fueron nombrados. ¿Les habrá contagiado el ansia de memoria histórica que tanto gusta al gobierno de la nación? De verdad que no parece de recibo, salvo que haya sospechas o evidencias de actitudes delictivas. Si así fuese, ahí estan los tribunales de justicia.
Lo que indiscutiblemente se consigue con la nueva Ley es que la gestión de los profesionales se vea mediatizada por decisiones más partidistas que técnicas y que puede llevarnos a cruzar la calle sin tener en cuenta los pasos de cebra y las luces de los semáforos. Lo deseable es contar con profesionales honestos, formados y con capacidad de gestión, por eso subjetivamente me alineo con las tesis del Sr. Fernández Gayoso, porque conozco su honestidad, conocimientos, habilidad y exitosa trayectoria profesional. Algo que para el señor conselleiro de Facenda no parece tener mucha importancia, puesto que pone el énfasis exclusivamente en la representatividad. ¿Cómo se mide ésta?¿Sólo mediante unas elecciones que la limitarían a los políticos? Insisto, honestidad, conocimientos y capacidad de gestión. Y tal ez no esté de más recordar que, cuando Gayoso asumió la Dirección General de Caixavigo, ésta era una pequeña entidad, con modestísimas expectativas que la ubicaban en el grupo de Cajas del furgón de cola. Una Caja a la que la competencia –los Bancos- identificaban despectivamente como la "depositaria del dinero de las criadas". El timón en manos de Gayoso enfiló otro curso y, en poco tiempo, los Bancos observaron con asombro y preocupación que "la Caja de la criadas" gestionaba un tercio de los depósitos de su ámbito de actuación. ¡Casi un milagro!. Y se agigantó su presencia con la ayuda a familias, a la construcción, a pequeñas y medianas empresas –especialmente del sector naval y pesquero- a la vivienda, convirtiendo la semi rural zona de Coya en una nueva ciudad dentro de la ciudad, con acceso a la propiedad en unas condiciones excepcionales. Ingente labor que, contrariamente a lo que otros hacían, supuso invertir aquí fondos de otras regiones, captados a través del mercado interbancario. ¿Hablamos de galleguidad? Por otro lado, se dio paso a las guarderías infantiles, clubs de jubilados, salas de exposiciones, el irrepetible Centro Cultural, la Escuela de Negocios y, tras un largo etc., la Universidad de Vigo –que hoy comparten Pontevedra y Orense, las otras integrantes de Caixanova- consecuencia lógica de aquel soñado Colegio Universitario que la Caja promovió, construyó y mantuvo durante años. Y como guinda a tan sabroso pastel, los razonamientos y especial habilidad de Gayoso consiguieron una evidente despolitización de la Caja al dejar de recaer la presidencia en el alcalde de turno. Todo ello hizo que cuando una inspección reglamentaria visitó la Caja viguesa, se encontrase con algo distinto y eficiente que, al darlo a conocer en otras latitudes, acrecentó la reputación de Caixavigo. La Cenicienta se había convertido en Princesa.
Aunque ignoro que peso se le dará a este curriculum, entiendo que la sospechosa prisa por alumbrar la nueva ley de Cajas –a la que alguien apostrofó ya como "anti Gayoso"- a la par que la celeridad de la auditoría de KPMG, encargada por la Xunta, y con posibles filtraciones del informe, invitan lamentablemente a pensar en manipulaciones. Ojalá me equivoque y no tengamos que arrepentirnos y aun sabiendo que si se aplica la ley no se comete ilegalidad alguna, porque "dura lex sed lex", desde los cánones de la ética tal vez su empleo –considerando el vocablo como algo ajustado a equidad y razón- no sea licito.