Un poco tardíamente pero con todos los honores, el grelo acaba de entrar en el ilustre –y pobladísimo– Panteón Gastronómico de Galicia del que ya formaban parte la Ternera Galega de Calidade, la patata, el aguardiente de hierbas, la tarta de Santiago y su inseparable compañero el lacón. Tras el pláceme de la Unión Europea, que finalmente ha validado la calidad de este producto otrora considerado humilde, el grelo acaba de colgarse la medalla de Indicación Geográfica Protegida (IGP) que le da derecho a usar ese título en las mesas de toda la Península y acaso del continente.
Modestos como somos los gallegos, tal vez no le hayamos dado el necesario valor a esta noticia por tantos conceptos trascendente. Cierto es que Galicia cuenta ya con una veintena de delicatesen autóctonas en el registro de calidad de la IGP entre los que –por citar sólo algunas- figuran los pimientos de Herbón, la castaña, el capón de Vilalba o las habas de Lourenzá. Ahora bien, el grelo es cuestión aparte por muy diversas razones. Constituye, como es sabido, la base del lacón de grelos –plato nacional del país- y a mayores resulta guarnición indispensable para el cocido de Lalín, que tanta gloria culinaria ha dado a Galicia por esos mundos. Por no mencionar ya, claro está, el hecho de que el mítico Telón de Grelos marcase hasta no hace mucho las lindes que allá por el Padornelo y A Canda separaban a este reino de la Meseta. Todo ello convierte al grelo en uno de los más reconocibles símbolos de Galicia, cuando menos al mismo nivel que las centollas, las filosóficas vacas marelas o el románico.
Habrá quien identifique erróneamente al grelo con la vieja economía rural del atraso; pero nada más lejos de la realidad hoy en día. De hecho, una de las recientes aportaciones de la ciencia gallega al capítulo de la investigación y el I+D+I es precisamente una revolucionaria hamburguesa de grelos que está en vías de comercialización.
No se trata únicamente del grelo, claro está. Por alguna extraña razón, la capacidad emprendedora de los gallegos se ha volcado particularmente en la comida y lo ha hecho con la intensidad suficiente como para alumbrar una poderosa industria alimentaria capaz de exportar huevos, peces, pollos y congelados a medio mundo.
Tan singular devoción por las cosas de comer (y de beber) ha excitado, como parece lógico, el celo investigador de los naturales de este país en materia gastronómica. Producto de ello es el exitoso ensayo de un sistema de doble destilación para el aguardiente con el que un grupo de científicos de la Universidad de Vigo elevó años atrás la áspera caña de toda la vida a la más alta condición de producto de lujo.
Al novedoso aguardiente bidestilado habría que añadir aún la elaboración en Ourense de uno de los más afamados “marrón glacé” del mundo a partir de la humilde castaña gallega. Un producto que su fabricante, el maestro José Posada, ha sido quién de vender a los mismísimos franceses que inventaron y dieron nombre a esta exquisitez.
Quedan aún por enumerar los mirabeles confitados, las frutas en aguardiente, el legendario chocolate de Metate que los gourmets buscan en Compostela, el lacón frío trufado, las ortigas, los erizos y –por supuesto- los grelos en hamburguesa vegetal o cualquier otra presentación que ahora acaban de obtener el justo reconocimiento de la Unión Europea.
Quiere decirse que puestos a hacer de la necesidad, virtud, los pocos pero muy ingeniosos empresarios de este país han sabido convertir el viejo vicio de la gula –tan gallego- en un negocio de lo más prometedor. Basta con observar la proliferación de tiendas de delicatesen gallegas en las principales ciudades de España para deducir –sin hipérbole- que la nación gastronómica de Breogán es ya todo un feliz logro, aunque el Estatuto no aluda a ella. Ahí está para demostrarlo la elevación del grelo a los altares de la UE.
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