Hace sólo tres meses se les consideraba apenas una pandilla de excluidos que recalaban en Compostela con la esperanza de recaudar algo de dinero mientras agonizaban sin esperanza en un equipo cuyo techo deportivo creían los expertos que no podía ser otro que el de servir de entretenimiento para que el resto de los competidores pasasen el rato ensayando contra ellos sus excentricidades. El tardío fallo judicial que reconocía los derechos del Obradoiro a recuperar su plaza en la ACB dejaba a sus directivos sin apenas margen de maniobra para conseguir la financiación a la que estaban obligados antes de saltar a la cancha para disputar una competición pensada para ricos. Semanas antes de empezar la temporada, el equipo compostelano no estaba siquiera seguro de poder reunir el dinero con el que pagar los gastos del fax recién estrenado.
En cuanto a la plantilla, fue reclutada echando mano de jugadores que o no habían olido todavía el futuro o parecían abocados a renunciar a él, incluido un cuarentón al que mismo parecía que acabasen de sacudirle de encima el polvo del cementerio. Ocurrió todo tan deprisa que la primera vez que los jugadores del Xacobeo Blu Sens saltaron juntos a la cancha casi ni se conocían de haber tomado café, de modo que se fueron familiarizando a medida que discurría el partido y escuchaban los nombres de sus compañeros jaleados por la cálida voz profesional del "speaker" que pone cachondo a los espectadores del pabellón Fontes do Sar, una magnífica instalación rebosante de un público entregado desde el primer momento al juego de un heterogéneo grupo de baloncestistas que en muchos casos ni siquiera sabrían señalar en el mapa el lugar del mundo en el que estaban renaciendo.
Reyshawn Terry había jugado en la Universidad de Carolina del Norte pero al cabo de unos cuantos saltos profesionales estaba tan desorientado como si hubiese llegado a Compostela como consecuencia de un accidente aéreo, lo que explicaría su actitud indolente y su probada facilidad para esfumarse del partido sin molestarse en salir de la cancha, hasta el punto de que su posterior y desesperada recuperación puede considerarse casi un modelo de reinserción social. Ahora el norteamericano Terry es pieza fundamental en un equipo en el que no hay un solo jugador del que se pueda decir que no tiene futuro o que está acabado, que era lo que en Zaragoza se decía de Rafael Hettsheimeir cuando el equipo del profesor José Angel Docobo puso los ojos en él y decidió enrolarlo en una tripulación en la que todos se esfuerzan en mantenerse a flote porque conocen como pocos el sinsabor del naufragio.
En la geografía ACB el Obradoiro ha dejado de ser el simpático sparring sin malicia para convertirse en la auténtica revelación, con un juego en el que se mezclan la calidad y el esfuerzo, el tacto y la garra, la juventud y la veteranía, sin que nadie desentone, ni siquiera ese Higgins cuarentón que llegó a Compostela en un momento de su vida en el que probablemente se habría conformado con hacerse a codazos un balneario hueco en la grada, dispuesto a aplaudir cada vez que el griego Kostas Vasileiadis se levantase del suelo para trazar en la atmósfera del pabellón el relámpago de uno de esos triples con los que redobla en los aplausos del público la resurrección de un grupo de muchachos que se dejaron caer por Compostela sin hacerse demasiadas ilusiones, seguramente descreídos de sus propia capacidad para salir adelante, y se encuentran ahora comprometidos en una brillante temporada en la que ni siquiera el cuarentón Higgins se resignaría a ver retribuido el último esfuerzo deportivo de su vida con un vale para jubilarse como comensal en la Cocina Económica.
A lo mejor es que hay ocasiones en las que la prisa da mejores resultados que la premeditación, como parece haber ocurrido en el caso del Obradoiro, un club al que los vanidosos y rutinarios especialistas deportivos del país consideraban más merecedor de una autopsia que de una crónica, un equipo que les parecía ideal para jugar sus partidos, iluminados con fría luz de óbito, en la desangelada cancha del tanatorio.