La historia de la quiebra de Air Comet es bien dramática. Tanto como para que sea mejor sacarle punta de acuerdo con la literatura más en boga, que es la de las interpretaciones esotéricas de la realidad. Vayamos con ello.
El protagonista del disparate es un caballero al que la clase empresarial española o, al menos, la parte de ella incluida en la Confederación de asociaciones, eligió como presidente de esa piscina –que es la manera más directa de traducir el término inglés pool–. En el ejercicio de tal condición, defendió con gran énfasis un cambio legislativo que permitiese abaratar y flexibilizar los despidos. Pues bien, más allá del papa Noel, la familia de José, María y su hijo Jesús, y los Reyes Magos, dicho sujeto ha sido protagonista indudable de las navidades gracias a su habilidad para hacer eso sin necesidad de esperar la reforma de las leyes laborales llevando a cabo una quiebra diabólica. No sé si tal término, el del cierre empresarial con olor a azufre, figura en el diccionario como equivalente a la huelga salvaje pero, si no existe, yo lo propongo. Dejar en la calle a 666 trabajadores el día 23 de diciembre es un símbolo entre demoníaco, por aquello de la cifra, y sencillamente cabrón, por lo que supone para otras tantas familias. Arruinar las vacaciones de miles de pasajeros que habían comprado un billete a la compañía, con el agravante de que se trata en muchísimos de los casos de carne de inmigración que pretendía pasar las fiestas con sus allegados del otro lado del charco, une la figura del diablo a la del macho cabrío mortal.
Pero hay más. El caballero presidente, una vez alcanzado el objetivo, declaró que él jamás se habría subido a los aviones de su empresa para ir a ninguna parte. Se trata de una figura que añade un toque de cinismo bárbaro a la maldad. Ya sé que esas palabras no deben sacarse de contexto, y que lo que el empresario en desgracia quería decir es que, con tanta huelga como padeció la compañía en sus últimos tiempos, había que ser confiado hasta la saciedad para arriesgarse a volar en Air Comet. Pero lo que queda es la frase, al estilo marxista –de Groucho– propia de quien jamás querría ser de un club que le perteneciese. Dicho así, todo cuadra.
Que el conjunto de los empresarios confederados confirmase en su cargo al caballero hipermarxista apenas un suspiro antes de que la quiebra diabólica se produjera es otro de esos acontecimientos ocultos, por no decir cabalísticos, que adornan el asunto en la línea de las novelas de templarios. En especial porque si nuestros empresarios tienen un olfato tan fino, y se dejan presidir por un gestor tan eficaz, la recuperación económica del reino de España tendrá que depender, digo yo, de que en verdad exista un dios con habilidades de Diseñador Inteligente y nos eche una mano. En espera de que un ser providencial así aparezca, que no sé si se atreverá a hacerlo, habrá que admitir que el cometa del 666 deja en nada como detalle surrealista al bigote postizo de Groucho Marx.