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Áspero y Sentimental

Amor y calefacción

Jose Luis Alvite

 
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La única sensación que me queda cada vez que acaba un año es la de que me he acercado un poco más al lugar desconocido en el que me espera desde siempre mi cadáver. A estas alturas de mi vida me considero preparado para aceptar que ese momento puede ocurrir en cualquier instante y sé que perder el tiempo en mejorar mi salud sólo va a servir para morir con buen aspecto. Lo que verdaderamente me sorprende es haber sobrevivido tantos años después de haber llevado una existencia en la que a las cosas malas sólo me parecía razonable que le siguiesen de manera natural las cosas peores, de modo que hubo ocasiones en las que tuve la absoluta certeza de que resolver un asunto sólo serviría para empeorar la situación, como cuando para salvarme del acoso de un enemigo me procuraba la interesada amistad de otro. Ahora que me he liberado de las sórdidas servidumbres de antes y llevo una vida más ordenada me doy cuenta de que era más feliz cuando no había una sola desgracia en la que no supiese destilar un instante de inefable placer. A veces pienso que las mujeres que me odiaron me recuerdan más a menudo que aquellas otras que simplemente me amaron y que eso es así por la misma razón que el invierno sólo es memorable si recuerdas el frío que pasaste. Así es como veo yo las cosas, hasta el punto de que mi querida Vera C. se mostró muy cariñosa conmigo todos aquellos días que la llevaba a su casa desde el lupanar en el que trabajaba, hasta que por un maldito descuido cometí la torpeza de reparar la calefacción del coche. Comprendí entonces que lo que parecía amor en realidad sólo era frío y que con frecuencia el confort suele destruir lo que con tanto esfuerzo ayudaron a construir las inclemencias. Lo mío con Milena había empeorado al cabo de seis o siete meses de pasión, pero ella y yo sabíamos por experiencia que aquella relación resistiría mientras uno de los dos conservase los pies calientes. Viví los mejores años de mi vida en ambientes en los que al termómetro se consideraba más importante que el alma y se tenía de la felicidad la idea de que se trataba de algo que sólo ocurría por debajo de los veinte grados centígrados, al borde de esa temperatura en la que lo que la ropa que te pones y la que te sobra son a menudo la misma cosa. Conozco a muchas personas que deseaban con todas sus fuerzas redimirse de su mala vida pero temían al mismo tiempo renunciar a aquel ambiente sórdido y amoral en el que por muy mal que fuesen las cosas, a veces uno tenía la agradable sensación de que, dadas las circunstancias, incluso la muerte sería una manera como otra cualquiera de entrar en calor. Incluso quienes habían llegado allí por un error, tardeo temprano descubrían que la solidaridad humana es más sincera y más resistente cuando los modales de la amistad se confunde con los del hacinamiento y cuesta distinguir donde acaba la generosidad y donde empieza la conveniencia. Lo cierto es que de todas las chicas que conocí, las que mejor recuerdo me dejaron fueron aquellas con las que compartí las inclemencias del arroyo, las mismas que me inculcaron la convicción de que las mujeres verdaderamente inolvidables no son las que te hacen regalos, sino las que te cuestan dinero. Ahora vivo alejado de aquel submundo y temo que me espere otro año de analgésica rutina emocional, pero, sinceramente, no hay un solo día en el que no eche de menos a cualquiera de aquellas fulanas ateridas de desencanto, de amargura y de frío, en cuya compañía descubrí que mi mayor progreso moral había sido convencerme de que renunciar a un pecado solo resulta interesante si es para sustituirlo por un vicio.
jose.luis.alvite@telefonica.net

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