El autor abrió su libro y lo mostró al público: "Esto es lo que soy. Me gusta dar vida de ficción a todas esas vidas reales que me rodean, a todos esos desconocidos cuyos secretos son desvelados por la insolente luz de mi imaginación. A veces me preguntan si me inspiro en alguien concreto para escribir una de mis historias cortas. La respuesta es sí, la respuesta es no. Nunca me serviré de alguien conocido para alimentar la fiera literaria, pero siempre hay un rostro que seguir para iniciar el camino. Desde que abres los ojos por la mañana hasta que los cierras por la noche estás rodeado de personas que desean sin saberlo convertirse en personajes. Desde el vecino que baja la mirada en el ascensor sepultando una tristeza legañosa entre sus zapatos hasta el taxista que te cuenta su heroica vida en un trayecto de cuatro euros y medio, pasando por los náufragos que esperan en sus islas a que el semáforo se ponga en verde o los clientes del bar que ahogan los ojos en un café cargado con postas. El mundo es una inmensa guía telefónica de almas calladas y voces cautivas, llena de esperanzas y fracasos, ternura y crueldad, miseria y grandeza, ruindad y dicha. Por cada vida a la que meto en la cárcel de las palabras hay miles, millones de candidatos que, sin saberlo, están en mi lista de espera. Desesperados o felices, inocentes o culpables, vencidos o triunfadores. Aquí mismo, en esta sala, hay material suficiente para llenar muchas páginas en blanco. Seguro que entre las presentes hay alguna mujer que ha dejado en casa a un hombre al que un día amó contra todo riesgo, un hombre que ya es otra persona muy distinta a la que conoció, un hombre que se ha convertido en un extraño. Usted, por ejemplo. Sí, usted. No aparte la vista. No me costaría mucho poner en boca palabras que tal vez sienta, aunque hayan nacido en mi imaginación. Por ejemplo, empezaría su relato con algo de melancolía y resignación, un toque de tristeza al borde de la indiferencia. Algo así como...".