El error de dos senadores socialistas en la votación a las enmiendas presentadas por Convergència i Unió a la ley de presupuestos generales del Estado ha puesto de manifiesto de forma meridiana que la culiparlancia no funciona. Sus señorías, que cobran un sueldo majestuoso por no hacer casi nada que no sea fijarse bien a la hora de votar, son incapaces de hacerlo con una eficacia del 100%. Eso viene a ser como si un ciudadano cualquiera –en el paro, pongamos– fuese incapaz de distinguir entre su mano izquierda y la derecha en una serie de cincuenta intentos. Duro problema, por lo que se ve, para la inteligencia de un padre de la patria puesto en la tesitura de ver qué es lo que le ordena su jefe de filas, habida cuenta de éste, el director de la orquesta política, no dejaría jamás al albur del análisis racional de los ocupantes de los escaños la tarea de decidir qué enmienda es preferible para los intereses de los ciudadanos. Ningún partido, de hecho, se atreve a conceder a sus cortesanos electos la capacidad necesaria como para hacer algo de esa índole.
Al contrario que los chimpancés que, como han demostrado los primatólogos del instituto Lax Planck de Leipzig, son preferidores racionales, los humanos nos dejamos llevar por las emociones y así nos va. En el caso de referencia, el de los dos senadores despistados, la tensión emocional debió ser ingente para que confundiesen algo en principio tan poco ambiguo como el sí y el no. ¿Cuál sería el estado de ánimo alterado que llevaría a sus señorías a tan impredecible error? ¿El fracaso de la conferencia de presidentes de las comunidades autónomas? ¿La huelga de hambre de la activista saharaui Aminetu Haidar? ¿El referéndum independentista de los municipios catalanes?
Casi por definición, la componente emotiva es difícil de racionalizar, así que los padres de la patria afectados –supongo– por el error pueden agarrarse a cualquier cosa. A esas de índole tirando a político, a la del dolor de corazón que les causa tanto desempleo en el reino de España o a la llegada de las nieves antes de que el solsticio de invierno haya hecho acto de presencia. Siendo así, es decir, habiendo tantas cosas que amenazan al sano juicio de quienes hablan con el culo, que es la forma de decir, a título de metáfora, que lo único que han de hacer es quedarse sentados y levantarse al ritmo que marque su portavoz, habrá que dar con otra fórmula cuya interpretación no deje lugar a los errores. La más práctica sería la de sustituir a los integrantes de las listas electorales por chimpancés pero, ¡ay!, me temo que los defensores de los derechos de los animales habrían de oponerse. ¿Qué tal el método de llamar a la fibra emocional, sin más? Cambiemos de sujeto de experimentación. Durante el auge del conductismo, se vio que, mediante razonables dosis de descargas eléctricas, las ratas aprendían casi cualquier cosa. Ensayo y error, se llama la figura. El error, ya lo tenemos. Un poco de atención al ensayo propuesto e igual sus señorías sólo se equivocan la primera vez.