En la agresión como reencuentro con uno mismo, Berlusconi recupera su auténtica edad al ser golpeado por un loco. El presidente del Gobierno italiano perdió la máscara por un instante, y se reencarnó en un ser humano de 73 años para las cámaras de youtube. Sin embargo, hay hombres a los que resulta imposible golpearles exclusivamente en el cuerpo, por lo que "il cavaliere" exhibió la virilidad sangrante, la fractura de la hombría de la nariz rehabilitada. Transmitió al mundo el desaire de que sus velinas veinteañeras o menos tuvieran que contemplarle de esa guisa. El estadista, que dispone de un reidor para cada chiste –los refugiados de un terremoto se disponen a disfrutar de "un fin de semana de camping"–, se ve obligado a sentirse inferior, porque el hospital a todos iguala.
No menos turbio por desfigurado, el amante de las emociones fuertes vivió la humillación de inspirar compasión. Se ha esmerado por transformar la agresión callejera en atentado redentor, que allana su camino hacia el martirio. El terrorista iba armado con una bomba de diez euros, además de un crucifijo de respuesto por si le fallaba la réplica catedralicia. Era una fuerza proporcionada para enfrentarse a un centenar de guardaespaldas. Podría discutirse la fórmula de la lapidación, con escasa tradición cristiana. Al igual que en el ataque de Ali Agca a Juan Pablo II –Milán es el Vaticano italiano–, volvía a demostrarse que todas las guerras son de religión.
El autor del zapatazo a Bush gozó de más simpatía que su imitador italiano, porque falló. La complicidad con la opinión pública exige la puntería suficiente para no acertar, un desafío para cualquier tirador. Si no estuvieran presos en sus burbujas, los gobernantes elegidos por el pueblo deberían plantearse en qué momento se convirtieron en enemigos de sus votantes. En el principio, antes de que interfirieran el dinero y el sexo, profesaron la política para ser admirados. De hecho, un triunfo electoral coincide con la cotización bursátil en que no reposa en la oferta más atractiva, sino en que los ciudadanos piensen que será la preferida por los demás. De ahí los riesgos de una afrenta pública.
Un análisis más lúdico emana del refrescante titular de Libération, "Berlusconi se deja dos dientes en Milán". La imagen de un anciano zarandeado por un gamberro, inducido por la neuroquímica antes que por la ideología, por fuerza había de exacerbar la susceptibilidad melodramática de los italianos. El avispado Berlusconi, que no desperdicia la oportunidad de hacer un buen negocio, deformó el Duomo asesino para transformarlo en un bumerán que golpeara a sus críticos. Su anonadamiento creció cuando internet no sólo reprodujo la agresión, sino que multiplicó su intensidad sangrienta. La interminable nómina de voluntarios para apedrear virtualmente al primer ministro disponía de videojuegos que, a la tradicional réplica de la catedral, adjuntaban la alternativa de una contundente torre de Pisa.
La necesidad de predicar la repulsa a la violencia ofrece un signo indirecto de la aceptación de la misma, y de las pasiones encontradas que suscita Berlusconi. Siempre grandilocuente, Italia se comporta como si hubiera sufrido un golpe de Estado psicológico con los pilares de la tierra. Se le han desplomado encima el catolicismo y el catolaicismo. Dado que la eventualidad de un ataque descontrolado amenaza a cualquier líder mundial –Obama cuadruplica las amenazas de muerte que recibía Bush–, los acontecimientos de Milán carecen de singularidad. Sin embargo, el primer ministro italiano se erige en el único destinatario de la violencia desprogramada. También aspira a distanciarse de sus colegas en la animadversión que despierta.
Berlusconi ha viajado al futuro. Deja de ser un cincuentón recosido para reconciliarse con su biología. Esta semana se ha operado para envejecer, después de años de cirugía en sentido contrario. Pretende que el peso del souvenir le libere del contrapeso de la prensa –que considera una actividad pornográfica– y de los jueces –ni eso–. El primer ministro italiano jamás aceptará la banalidad del mal. Pese a sus empeños, la única evidencia es que Massimo Tartaglia no ha empeorado a Berlusconi.