Ahora mismo, y a pesar de que los expertos maticen los datos estadísticos, no parece discutible que si las cosas siguen así, Galicia esté abocada a una crisis demográfica que puede resultarle aún más difícil y dolorosa que la económica. Y no se trata de comparar: sólo de advertir que la confluencia de ambas -incluso con diferentes intensidades- harían especialmente gris el futuro.
No pocos especialistas en geopolítica, al igual que algunos de sus colegas economistas, citan la teoría de las expectativas e insisten en que cuanto más oscuro se pinte el panorama, más posibilidades existan de acertar, porque el pesimismo no sólo se contagia, sino que provoca desconfianza y con ella males todavía mayores. Pero aunque eso resultase cierto, también lo es que hay un problema. Punto.
En este punto, y sin pretensión alguna de crear alarma social, procede recordar que lo que ahora recoge el INE no sólo ya estaba avisado por ese Instituto, sino por otros y a escala internacional. Fueron estudios de la ONU los que hablaron de una Galicia envejecida -en el año 2050- muy por encima de la media europea, y la propia Unión se manifestó preocupada al menos ya en un par de ocasiones.
Ítem más: en las dos últimas semanas se conoció que este país perderá en diez años casi noventa mil habitantes, y que en los últimos treinta ha duplicado su desnivel con respecto a la media poblacional española. Y esta semana se añadió otra cifra: uno de cada seis gallegos tiene más de sesenta y cinco años, lo que significa que forma parte ya, o está a punto de ingresar, en el nutrido estamento de las llamadas clases pasivas, con todo lo que conlleva.
Hay algo peor: a pesar de ciertas propuestas concretas, y hasta de intentos orientados a afrontar el problema, Galicia no ha contado con una política poblacional propiamente dicha. Y que es tanto más necesaria cuanto que no sólo envejece, sino queda empobrecida como país por cuanto que la alta media de edad encarece los servicios sanitarios y sociales de forma casi inasumible.
Es precisa, pues, y así lo han manifestado los expertos, una política específica, transversal y dotada con medios bastantes para atajar el problema cuanto antes. La incógnita es, de una parte si existe conciencia clara de sus auténticas dimensiones y de otra si hay o no voluntad política de cambiar el cortoplacismo habitual en Galicia y poner manos a la tarea. Y convendría que esas incógnitas quedasen despejadas pronto.
¿Eh...?