Voy a la ceremonia de entrada en la Academia Gallega del escritor Manuel Rivas Barrós que tiene lugar en el paraninfo de la Universidad local, a dos pasos de donde resido. Acudió mucha gente porque se trata de un personaje muy apreciado en la ciudad, tanto por sus cualidades literarias como por su activa participación en luchas populares. Yo creo que, incluso es muy valorado entre quienes no leen sus libros lo cual es un mérito añadido. El escritor --traje de chaqueta, chaleco y corbata-- entró en el salón de actos con una humilde flor de toxo en la mano y fue saludado con una gran ovación por el público puesto en pie. Si hubiese asomado por la puerta el capitán del equipo de fútbol local, en un partido de especial trascendencia, el aplauso no sonaría tan entusiasta y entregado. Luego, el escritor posó desde el estrado para un nutrido coro de fotógrafos de prensa durante un buen rato. El señor Rivas, con su cara redonda, sus ojos azules y su pelo rizado, tiene aspecto de poeta inglés de la época romántica. Su discurso de ingreso fue como es él: lírico, fragmentario, apasionado, mezclando un acreditado sentido del humor, seguramente de raíz celta, con una vocación erudita, a veces abrumadora. Por la reacción del público, que rió algunos pasajes del texto, se aprecia claramente cual es la parte de su repertorio que más gusta a la gente. A mí, me parecieron especialmente graciosas las alusiones al tiempo de su infancia cuando creía que los celtas habían perecido electrocutados por Fenosa; o cuando contemplaba horrorizado cómo el hombre del tiempo señalaba en televisión con un puntero la entrada de las borrascas enfilando directamente el tejado de la casa de sus padres. Y muy emotiva, plástica y sugerente, me pareció también su perspectiva de la ciudad vista desde el faro romano. Todos los niños de una época ya lejana, antes de que el urbanismo salvaje levantase un muro de ladrillo para tapiar el monumento, recordamos como la luz del faro se deslizaba vertiginosa por los tejados y entraba por las ventanas dejando en las paredes un destello fugaz cada cierto tiempo. Al margen del texto, que tuvo un obligado formato académico, el conjunto del acto resultó especialmente agradable. La gente rodeó de cariño al misacantano y el señor Rivas (hay que llamarle así porque llevaba chaleco) leyó el texto con esa voz profunda y cargada de matices que saben sacar los poetas de los adentros del alma. A la magia del momento contribuyó la espléndida vista de la bahía que se puede divisar desde el amplio mirador de cristal al que se asoma el paraninfo. Mientras el escritor leía, podíamos ver cómo, a su espalda, iban y venían los barcos sobre la mar y se dejaban mecer con el viento las gaviotas. Hasta se dio el detalle, no sé si casual, de que un mercante que salía de puerto, dejase oír su sirena al pasar. A la conclusión, el presidente de la Academia, Xosé Ramón Barreiro, lo invitó a sentarse entre sus nuevos compañeros de corporación llamándole señor Barrós, que es el apellido materno. Un detalle de elegante cortesía en un país de usos machistas hasta en cuestiones de protocolo. Después, ya en el ágape, se dispararon las efusiones y los abrazos. A Manuel Rivas, todo el mundo le llama Manolo Rivas. En este país, cuando alguien alcanza el título de Manolo, como categoría universal e inequívoca, es que estamos a las puertas de la gloria imperecedera.