Una pequeña banda de vuelvepiedras, con las plumas hinchadas para salvar el frío, se mueve al borde del paseo, luego se dejan caer y juegan al viento, sobre el mar, con sus afiladas alas, sin alejarse entre ellos. Un pequeño grupo de surferos, sin perder nunca la distancia que mantiene en la página su caligrafía, se mueve en medio de las olas, eligiendo el mejor animal, para montarlo.
Un breve grupo de jubilados camina al paso justo, envueltos en su pequeña cháchara para defenderse del silencio, enemigo común. Un grupo de sonidos ásperos y agudos –piedras que el reflujo arrastra– montan su orquestina con la ola que marca el grave al golpear contra el muro. Todos ellos, aunque finjan ignorarse, están en lo mismo, componen, bajo la luz blanqueada por las nubes, una escena más de la obra. En un instante justo, un rayo tenue de sol se posa sobre el agua. El director siempre deja su firma.