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Las tres universidades gallegas se preparan para apretarse el cinturón. La Xunta ha recortado un 2,5 por ciento el presupuesto para la enseñanza superior y ha justificado la medida por la caída de los ingresos a causa de la crisis económica. En el caso concreto de Vigo su aportación se reduce en 10 millones de euros, pasando de los 87,5 millones que "inyectó" este año, a los 77,7 del próximo. Los campus gallegos recibirán en total 390 millones de las arcas autonómicas.
Se trata de la primera contracción presupuestaria que sufre la Universidad de Vigo desde el año 2000, es decir, tras una década de constante crecimiento. El rector, Alberto Gago, que no se presentará a la reelección en 2010, admitió en el último claustro que el próximo año no será fácil, aunque se mostró convencido de que su proyecto de presupuestos saldrá adelante e incluso barruntó que el ajuste del gasto y el aumento del control presupuestario será mayor que nunca en el contexto actual.
El recorte presupuestario de la Xunta en su enseñanza superior no es una buena noticia, máxime si, como es el caso, el esfuerzo sigue siendo inferior al de muchas otras autonomías. Pero de ningún modo puede servir como excusa a las universidades gallegas para incumplir su compromiso con la sociedad que las paga y a la que se deben. Como cualquier otra empresa, cuya viabilidad depende inexcusablemente de sus resultados, las universidades también tienen que rendir cuentas e ingeniárselas para hacer de la crisis una oportunidad. Más aún cuando de ellas, en tanto en cuanto baluartes del conocimiento, lo que se espera es que aporten la innovación necesaria para ayudar a superar la crisis.
La homologación del sistema universitario gallego con el europeo obliga a los campus a hacerse de una vez competitivos. El rector de Oxford aseguraba recientemente que los políticos "hablan mucho de la sociedad del conocimiento, pero no invierten nada en conseguirla". Admitiendo la importancia de los recursos económicos, es necesario que toda la comunidad docente asuma también que el dinero no lo es todo en la enseñanza. Ahí está el caso de Finlandia y su espectacular éxito educativo, más relacionado con la formación, el reconocimiento social y la aptitud de sus docentes que con los medios de que disponen. Por el contrario España, situada entre las veinte mayores potencias económicas, sólo cuenta con una universidad, la Autónoma de Barcelona, entre las 200 mejores del mundo. Año tras año el informe PISA nos saca los colores al dejar en evidencia la pésima calidad de la enseñanza española.
Lo que verdaderamente hace falta es voluntad de cambio, algo que no comparten muchas veces ni los propios docentes, más preocupados en defender su statu quo y sus asignaturas, ni los políticos ni los propios estudiantes. Lo verdaderamente urgente es ofrecer calidad, tanto en la docencia como en la investigación.
Nuestras facultades deben adelantarse a las necesidades que la sociedad va demandando o, por lo menos, conseguir que su respuesta a las mismas sea lo más rápida posible. El ejemplo de un rector catalán solicitando una titulación específica de Ingeniería de materiales (cerámicos, plásticos …) que no había en España sirve para comprender la importancia de atender la demanda de la sociedad.
Las titulaciones deben adaptarse a una realidad cambiante para evitar que nos encontremos, como ocurre en la actualidad, con que el motivo principal (36%) por el que no encuentran trabajo los titulados gallegos sea la falta de oferta laboral. Resulta decepcionante y desmoralizador que centenares de universitarios vigueses confiesen en el último curso de su carrera que no saben para qué sirven los estudios que han cursado. Es frustrante por lo que supone de derroche, de pérdida de tiempo, de engaño a la sociedad y de tirar a la basura un conocimiento de años para el que no se encuentra utilidad práctica. La Universidad de Vigo debe seguir apostando por proyectos de investigación, pero también poner orden en los postgrados, atender y adelantarse a las necesidades de las empresas de su entorno y mimar las carreras tecnológicas, que son las mejor valoradas.
Como ocurre con los equipos de fútbol, nuestros campus deben potenciar la excelencia sin olvidarse de la cantera, de los grupos noveles, poniéndoles metas y objetivos a cumplir. El ambicioso reto de crear en Vigo de la mano del CSIC un campus marino, llamado a convertirse en el mayor centro español en investigación del mar, –pese a las reticencias de la Xunta en sacar adelante el proyecto en la ETEA– supone un paso en la buena dirección. La iniciativa merece todo el apoyo público y privado para que el próximo año pueda obtener el reconocimiento de Campus de Excelencia Internacional. Pero teniendo todos claro que lograr la distinción de excelencia no debe ser una meta sino sólo el punto de partida para competir.
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