Así que, tal cómo van las cosas, a nadie podría extrañar que el señor presidente de la Xunta, bien que de forma discreta, encargase unas deogratias por el tiempo que le ha tocado vivir. Porque si es cierto que en lo económico ha de bailar con la más fea crisis de la era moderna, lo compensa en lo político con una oposición que poco hace práctico y cuya retórica viene lastrada por el feo recuerdo que de la coalición bipartita tiene quien la presidió.
Es, por supuesto, una opinión, pero que puede contratarse con hechos medibles. Sin ir más lejos el debate -petit, que nadie se engañe en eso- de ayer mismo sobre la gira de don Alberto Núñez por las orillas del río de La Plata y las tierras brasileiras. El Bloque no acertó a criticarla más allá de un par de lugares comunes, con el handicap de que en su época de la Xunta -aunque menos que otros- varios de sus líderes practicaron la elegancia social del viaje, y ya se sabe lo que fastidia, a veces, la memoria.
Claro que peor fue lo del PSdeG-PSOE, porque su secretario general no pasó de una gracieta y dos o tres chascarrillos sobre los trofeos que se trajo don Alberto como recuerdo de su primera visita. Perdió así, el teórico referente de la alternativa, una excelente ocasión para dejar la retórica y plantear un debate serio sobre el papel de la emigración en la actualidad gallega y algunas de las medidas- políticas, sociales y económicas- que han de tomarse ya para mejorar la situación actual y futura de ese colectivo.
En este punto conviene reconocer la dificultad de esa tarea para quien como el señor Vázquez, tendría que explicar por qué su partido, el PSOE, tiene bloqueados los cambios precisos para hacer real la teórica igualdad de derechos políticos y electorales de los residentes ausentes y presentes. Una igualdad que hoy no existe y que convierte a los emigrantes en ciudadanos de segunda en lo que al voto se refiere.
Ahí, su señoría el presidente Núñez les sacó a sus oponentes una ventaja notable: dijo lo que tenía que decir en el lugar adecuado. Y lo que dijo no fue ni sonó diferente a lo que en su época de opositor había prometido en el Parlamento gallego y en su programa electoral. Cierto que tampoco el PP, al que pertenece, desatascó el asunto en los ocho años de don José María Aznar, pero eso queda muy lejos y, además, diluido en la catarata de improperios que la izquierda le dedica casi a diario.
¿Moraleja? Pues ésa: que el señor Núñez tiene suerte con la bancada de enfrente.
¿No...?