Corren aires de revuelta (pacífica) en el campo, que estos días envía su división mecanizada de tractores a la capital del reino para exigir a la Xunta algún remedio más o menos milagroso que evite la quiebra del ramo ganadero. Alegan los manifestantes acampados desde principios de semana en Compostela que las ventas de leche no cubren siquiera los costes de producción tras varios meses de derrumbe de los precios: y razón no les falta. Su problema es la leche, en todos los sentidos de la expresión.
Por desgracia, la solución a este drama que amenaza la subsistencia de miles de explotaciones excede seguramente los módicos poderes de un gobierno autónomo como el de Galicia. Se trata más bien de una cuestión de alcance continental desde el momento en que la competencia se ensancha al ámbito de la Unión Europea. Un vasto mercado en el que probablemente lleven las de ganar aquellos países que, como Francia, son excedentarios en producción frente a otros que aún han de cubrir parte de su consumo con importaciones, tal que España.
De ahí que los ganaderos gallegos, acompañados esta vez por los del resto de la cornisa cantábrica, protesten por el "dumping" que a su juicio practican sus competidores franceses al fijar un precio distinto para la leche que venden de Pirineos arriba y la que exportan aquí. Sea esa o no la razón, lo innegable es que el precio de la leche ha caído a la mitad de lo que se pagaba hace un año, circunstancia que compromete la supervivencia de las instalaciones ganaderas hasta hacerlas casi inviables.
No es de extrañar, por tanto, que la impotencia de los ganaderos ante la ruina de los negocios que son su medio de vida haya desembocado en una multitudinaria tractorada en Santiago: ciudad rompeolas de todas las protestas en este reino.
La imagen de las máquinas de labranza alrededor de la Xunta podría evocar las de la toma del palacio de Invierno, pero tampoco hay que dejarse llevar por las apariencias. Ciertamente, Lenin decía que el socialismo era una mezcla de electricidad y tractores, pero el padre de la Revolución Soviética no conocía Galicia. Aquí tenemos embalses, molinos de viento, centrales térmicas y toda suerte de artefactos generadores de energía, además de un parque de tractores que desborda las módicas posibilidades de nuestro minifundio. Esa habría de ser una combinación ideal para el alumbramiento del comunismo y los "koljoz" a la galaica que, sin embargo, resulta del todo engañosa. Pese a su abundancia de electricidad y tractores, Galicia –y en particular su zona agraria– no deja de ser un país esencialmente conservador. O esa fama tiene, al menos.
No estamos, por tanto, ante una acción revolucionaria, sino ante la respuesta cívica y sosegada a un desajuste de las leyes del mercado. Nada tiene de subversivo, desde luego, exigir que se cumplan las reglas de la oferta y la demanda –base del sistema capitalista– mediante el castigo a la competencia desleal que pudiera estar ejerciendo alguna de las partes en concurso. La industria láctea francesa en este caso, si hemos de creer a las acusaciones que fundamentan la protesta.
En realidad, la técnica de la tractorada es ya un clásico en Galicia. Años atrás se organizaban contra el derrumbe de precios de la excelsa patata de A Limia o en motorizada señal de protesta por las restricciones que la UE se empeñaba en poner a la ubérrima producción de las marelas autóctonas. Lo novedoso, ya que no revolucionario, es ahora el procedimiento de convocatoria de la tractorada a través de un foro de Internet y el carácter independiente de la movilización que se desarrolla por primera vez al margen de los sindicatos agrarios.
Largo tiempo olvidado y acaso desdeñado, el campo empieza a moverse acudiendo al recurso de la imaginación y al uso de las nuevas redes cibernéticas. Poco más les queda a los ganaderos para intentar conjurar la ruina.
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