Una gran manta de lluvia ha caído sobre Galicia coincidiendo con la apertura de la cumbre sobre (o contra) el cambio climático que reúne a toda una asamblea de sabios del termómetro y expertos en calores allá por Copenhague.
Si la capital danesa se empapaba ayer de funestos augurios sobre el caldeamiento global de la atmósfera, aquí en Galicia eran medio centenar de pueblos los que se inundaban –literalmente– de agua tras el desbordamiento de los ríos y la apertura de los embalses. Mientras allá hablaban de la inminente desertificación del planeta, acá nos remojábamos a gusto según las costumbres climáticas que venimos manteniendo de unos cuantos siglos a esta parte. Los gallegos, como siempre, dando la nota.
Lejos de mudar y hacerse más seco y caluroso, el tiempo sigue siendo más o menos el de toda la vida en esta conservadora Galicia donde por no cambiar, no cambia siquiera el clima. Continúan de guardia las borrascas y hoy, al igual que hace diez, veinte o cincuenta años, una enorme boina de nubes cubre los cielos del país.
Puede que los casquetes polares se estén derritiendo y los glaciares se vengan abajo, pero lo cierto es que en la Galicia distinta y distante llueve como siempre y nos mojamos como nunca. Tanto es así que los disturbios atmosféricos del fin de semana en este remoto reino del noroeste desplazaron de la primera plana de los telediarios a la mismísima cumbre de Copenhague en la que, al parecer, se está dilucidando el futuro del planeta.
Más que la lluvia de todos los inviernos, la verdadera –si bien menos visible– inundación es la de alertas sobre el calentamiento global que desde ayer mismo comenzaron a manar desde Dinamarca. Abrió boca el Nobel de la Paz Rajendra Pachauri con el pronóstico de grandes sequías, olas de calor y carencias de agua que afligirán a la Tierra durante las próximas décadas si los gobiernos implicados no toman las medidas oportunas para que el clima deje de cambiar.
Tales augurios podrían sonar a chino en esta Galicia inundada y cubierta de nubes donde lo último que falta es agua; pero tampoco conviene fiarse demasiado de las apariencias. De hecho, los responsables del Plan Gallego de Acción contra el Cambio Climático advirtieron hace un año de que la crecida del nivel del mar (unos 15 centímetros en las últimas décadas) ha comenzado ya en las costas de este reino al que con tanta frecuencia se le desmandan los ríos. Para revertir esas alzas en la marea y otros posibles efectos del calentamiento global, la Xunta anunció entonces una inversión de sesenta mil millones de pesetas, lo que da idea de la preocupación que el cambio climático suscita también por aquí.
Nada más natural. Si la causa del calentamiento son las emanaciones de CO2, como sostiene la mayoría de los científicos, Galicia tendría una parte de responsabilidad –y no pequeña– en el roto que la Humanidad le está haciendo a la atmósfera. No se trata tan sólo de las centrales térmicas que mancillan la pureza del aire con el humo de sus enormes chimeneas, sino también de los cientos de miles de vacas que arrojan toneladas de dióxido de carbono por los tubos de escape con los que las ha dotado la naturaleza. De ser verdad el informe de la FAO en el que se constata que una marela –a pesar de su inocente y casi filosófico aspecto– contamina tanto o más que un coche, no queda sino concluir que Galicia, con un censo vacuno de un millón de reses, constituye toda una amenaza para el equilibrio ambiental del planeta.
Por fortuna, los calores y las sequías que debieran azotarnos como castigo a las ventosidades de nuestras vacas no han llegado por el momento a este país. Aquí todo sigue tan nublado como siempre e incluso se cumple con regularidad el calendario anual de inundaciones al que las lluvias nos tienen acostumbrados. Será que Copenhague queda muy lejos.
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