Cada 6 de diciembre –mientras duren las ganas de conmemorarlo, claro– se celebra el día de la Constitución de 1978, la primera de la etapa democrática posterior a la Dictadura franquista. Y dos días después, la Inmaculada Concepción, una festividad muy arraigada entre los españoles, que ya jaleaban a una virgen nacida sin la mancha del pecado original mucho antes de que el Vaticano lo proclamara como dogma de fe el 8 de diciembre de 1854 (los reconocimientos oficiales siempre tardan en llegar. A veces, casi dos mil años). Desde que el sevillano Francisco Pacheco, consejero de la Inquisición, estableció la forma correcta de representarla, con el sol y la luna a sus pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza, la imagen de la Inmaculada ha sido el modelo favorito de famosos pintores como Zurbarán, Velázquez, Ribera y, sobre todo, Murillo, que la hacía acompañar en sus cuadros por unos angelotes gordezuelos y mofletudos. Hasta hace no mucho tiempo (antes de que los bomberos dieran en la moda de posar en pelotas) era cosa corriente ver calendarios con una reproducción de las Inmaculadas de Murillo por las paredes de bares, almacenes, peluquerías y hasta prostíbulos, porque la devoción llega a todas partes. El caso es que, la proximidad entre las dos conmemoraciones, justo en el inicio de un mes tan sandunguero como diciembre, ha propiciado un anticipo vacacional un tanto frenético y viajero, que ni siquiera la famosa crisis económica puede frenar. La gente va de una parte a otra para cambiar de aires y las ciudades están llenas de grupos de turistas de interior perfectamente reconocibles por el aire de despiste y de curiosidad con que observan un panorama sustancialmente igual al del lugar de donde proceden. Si queremos hacer algo de historia, hemos de señalar que, en un primer momento, un importante sector de ciudadanos reacios a las nuevas prácticas democráticas observaba la cercanía de los fastos de la Constitución a los de la Inmaculada como una suerte de profanación blasfema buscada a propósito. O una manera taimada de hacerse el simpático asociando una fecha de tan arraigada tradición religiosa con un evento cívico de dudosa moral. Afortunadamente, las ventajas del ocio acumulado fueron imponiéndose poco a poco y hemos pasado de llamar puente de la Constitución a lo que antes conocíamos como puente de la Inmaculada, con perfecta naturalidad. Hasta el punto de que ya casi nadie sabe si lo que celebramos es la Inmaculada Concepción o la Inmaculada Constitución, porque tan jaleadas son las virtudes de la una como de la otra. De todas formas, no deja de haber evidentes diferencias entre ellas. Así, mientras nadie discute –al menos en el Vaticano– que la Inmaculada Concepción está libre del pecado original desde el mismo momento de ser engendrada, no ocurre lo mismo con la Constitución de 1978. Según he podido leer en algún periódico, el 84% de los ciudadanos españoles cree que el texto constitucional necesita una reforma. Y especialmente en aquellas definiciones importantes como nacionalidades y nación que se solapan y confunden con diabólica ambigüedad en el mismo artículo. De suerte que se pudiera llegar a entender que o bien son la misma cosa o el primer concepto es una fase embrionaria del segundo y un camino seguro hacia la formación de un nuevo Estado cuando se haga mayor. Y justamente en ese frívolo juego de palabras de los redactores del texto reside el pecado original de la Constitución. Como dijo don Licinio de la Fuente, diputado de AP y antiguo ministro de Trabajo con Franco: "Ahí queda eso, digiéranlo en el futuro?.