De modo que, visto lo ocurrido, y lo anunciado, en estos primeros días de diciembre, resulta obligado rendirse a la evidencia y aceptar de buen grado que las cosas para Galicia van mucho mejor desde la llegada al Ministerio de Fomento del señor Blanco López. Lo que ha de atribuirse a la persona a don José y no sólo a su origen gallego: otros miembros del Gobierno hay con igual condición y apenas se les nota.
Viene a cuento lo anterior no sólo porque aquella evidencia es clamorosa, sino porque supone para este país, y por primera vez sin más motivos aparentes, la oportunidad de afrontar una deuda que es ya histórica. Y al despojarse de intereses que aún legítimos resultan -por partidarios- sospechosos da solidez a la esperanza de que esta vez sí, de que a pesar de los retrasos el Noroeste pueda contar con lo que necesita desde hace decenios pero que por una razón u otra no ha llegado.
Los más escépticos -quien suscribe entre ellos- y acaso por demasiado desconfiados, aún esperan para entonar el hosanna a ver cómo se corta la última cinta inauguratoria. Pero, mientras, pueden esta vez comparar lo escrito en la prensa con lo que aparece en el BOE sin que el análisis agriete las esperanzas. Lo que procede ahora es controlar para que no decaiga y, sobre todo, para que caso de cambios en el Hobierno, no se venga todo abajo.
Dicho lo anterior, y reiterada la gratitud, cumple quizá otra reflexión: en lo que se alaba hay, además del mérito político y personal del señor ministro, otro, institucional, en la lealtad de la Xunta de don Alberto Núñez para con el espíritu y la letra de los protocolos del Hostal. Y reconforta ver que cuando dos gobiernos deciden trabajar juntos, cada uno en lo suyo, y colocar "au dessus de la melée" conceptos como el sentido de lo común y el espíritu de concordia, el primer beneficiado es el ciudadano de a pie.
En este punto, y con ánimo constructivo, cumple lamentar que haya tan pocas ocasiones -e incluso tan pocos perfiles políticos- para llegar a acuerdos y resolver en común lo que al común de los ciudadanos -pero de verdad, claro- afecta. Los pactos de San Juan, este verano, podrían y deberían ampliarse a cuestiones que Galicia tiene pendientes, sobre todo la reforma del Estatuto, que daría paso seguramente a otros, claves, acerca de la ordenación del territorio e incluso un nuevo mapa municipal.
La pregunta del millón es por qué no se alcanzan esos pactos: sería muy bueno disponer de la respuesta adecuada.
¿No...?