Así pues, dicho sin ánimo de comparar -porque si las comparaciones son odiosas, en política más aún- sino de contrastar, quizá convendría atención especial a lo dicho este fin de semana por los señores Feijóo y Blanco sobre el asunto de las cajas. Que es ya un maldito embrollo provocado por los problemas de unos pocos que ahora pretenden erigirse en víctimas de los demás.
El contraste al que se alude resulta tanto más evidente cuanto más se aproxime el observador a las declaraciones de los señores presidente de la Xunta y ministro de Fomento. Mientras aquel, ayer mismo en FARO, repite una y otra vez las mismas opciones, el segundo admite otras que puedan asegurar la "galleguidad" y la "solvencia", conceptos ambos que muchos comparten pero que algunos -los que han armado el follón- manejan sólo para arrimar el ascua a su sardina.
En este punto, quizá no esté de más expresar sorpresa por cómo han cambiado algunas perspectivas. Mientras la llegada al Gobierno de don José Blanco parece haberle dado una idea de Estado más amplia que la que exhibía en el PSOE, la del señor Núñez Feijóo, semeja un efecto contrario. Y este otro contraste, que ha sorprendido a muchos, no puede deberse a motivos de capacidad o inteligencia, que ambos las tienen probadas: habrán de ser por agilidad para afrontar situaciones distimtas. Y en esa virtud parece más avituallado el ministro que el presidente.
En fin que, al hablar de contrastes, no puede ocultarse algún otro especialmente preocupante. El ministro, que parece disponer de más información que el presidente, acepta alternativas que otras autonomías, del PSOE y del PP, tienen ya en marcha -con garantías para su territorialidad y personalidad- y en cambio el presidente está en el sostenella y no enmendalla, aunque nadie sabe del todo bien en qué consiste eso.
Es verdad que ayer en FARO aludió su señoría el jefe del Ejecutivo gallego a que si la fusión "no es viable se estudiarán otros planes". Pero como no especificó cuáles, la inquietud es inevitable: fracasado el A del diálogo, y en marcha el B de la fuerza, pocos aciertan a adivinar por dónde iría el C, y ésa es la razón por la que existe la inquietud a que se ha aludido: quizá don Alberto no tenga más alternativas y esta guerra -idiota por artificial e innecesaria- se enquiste.
Y hay un problema más: que exista una salida airosa pero que los amigos -políticos y sociales- del presidente no la permitan porque no les conviene.
¿Eh...?