Ahora que lo pienso, a veces fui feliz sin saber que lo era y pasó mucho tiempo antes de cerciorarme realmente de que en mi vida ha habido instantes de satisfacción que en su momento no me lo parecieron en absoluto. A lo mejor es que las cosas que nos ocurrieron sólo nos parecen buenas en el momento en el que ya es improbable que nos vuelvan a ocurrir. Combinada con la nostalgia, la memoria suele ser muy útil para mitigar las adversidades y superar los dolores. Fuimos más felices de lo que creemos haber sido, y sin embargo, el descubrimiento tardío de esa felicidad en su día inadvertida nos produce una congoja muchas veces insufrible, una angustia retrospectiva que nos hace lamentarnos de un lejano desperdicio sentimental que ya no tiene remedio. Es como descubrir el placer de un buen martini con motivo de que, por habérsete jodido el hígado, el médico te haya prohibido terminantemente el alcohol. ¿En qué momento tendríamos que habernos parado a pensar en lo felices que estábamos siendo? Seguramente cuando éramos jóvenes y considerábamos la experiencia un engorro innecesario. Podríamos haber sido reflexivos en aquellos pocos años, amigo mío, pero aunque solo fuese por simple intuición, algo en nuestro interior nos decía que no hay una sola reflexión que por desgracia no malogre un placer, tal vez porque la sensatez no es en el fondo otra cosa que un achaque de la edad. del mismo modo que la buena noticia de una herencia suele ser la consecuencia de la horrible novedad de una muerte. Hay que conformarse con el descubrimiento tardío de lo felices que fuimos y no lamentarnos por la desgracia de no habernos dado cuenta a su debido tiempo. No se puede ser feliz y a la vez tomar nota de ello para no cometer la torpeza de olvidarlo, por la misma razón que es difícil disfrutar las imágenes de una película y leer simultáneamente los subtítulos. A día de hoy me creo en condiciones morales de repetir todos cuantos agradables errores cometí cuando era joven, pero es evidente que para hacer semejante cosa mi cuerpo tendría que ser tan elástico como sin duda lo es ahora mi conciencia. Pero, ¿y si resultara que en realidad no fuimos tan felices como creemos haber sido?¿No será que la felicidad es el resultado que se obtiene en la medida en que nuestros recuerdos se mezclan con nuestras conveniencias? ¿Será acaso nuestra memoria una simple coartada emocional para condonar con su beneficio los errores del pasado hasta reducirlos a simples y divertías anécdotas? Visto de otro modo, ¿cabe la posibilidad de que la felicidad del pasado solo exista a expensas del olvido? ¿Y si en realidad la felicidad consistiese precisamente en el alivio de descubrir que la juventud no fue en nuestro caso sino un impedimento para ser felices? Recuerdo, como si hubiese ocurrió cualquiera de estos días, la noche que me encapriché con una fulana en un club de carretera y hube de desistir de acostarme con ella por falta de dinero. Ya no sufro por aquello, pero es evidente que la evocación de aquel instante me sirve ahora para darme cuenta de que aquella noche fui feliz hablando con la chica del burdel, aunque, bien mirado, habría sido más feliz si las cosas que me pedía aquella madrugada el cuerpo pudiese pagarlas con el dinero que iba a tener cuando al cabo de casi cuarenta años me diese cuenta de que los treinta euros que llevo hoy en el bolsillo son exactamente las cinco mil pesetas que la señora puta necesitaba en 1977 para recordar el día de mañana lo feliz que había sido en un ambiente en el que por Navidad incluso sabía a reno el semen de los criminales.
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