Por más que las nubes descarguen agua y la crisis desate una copiosa lluvia de parados, los gallegos y españoles en general se disponen a vadear un año más todos esos inconvenientes gracias al puente de la Inmaculada Constitución. Así lo prevén al menos las autoridades encargadas del tráfico, que cifran en 496.000 los desplazamientos por carretera que se producirán en las carreteras de Galicia desde hoy hasta el próximo miércoles. Ni la falta de cuartos ni el exceso de lluvia pueden con una tradición tan sagrada como la del puente.
Podría esperarse que la actual recesión y –sobre todo- la enorme cosecha de parados que trajo consigo ejerciesen un efecto disuasorio sobre la moral de la ciudadanía, pero ya se ve que no es así. Lejos de reducirse, la cifra de medio millón de automovilistas en busca de evasión que estos días van a tomar las calzadas de Galicia es exactamente la misma que hace cinco o diez años, cuando la economía del ladrillo estaba en pleno auge.
Tampoco hay de qué extrañarse si se tiene en cuenta que el puente es una de las instituciones que caracterizan y distinguen a España de otras naciones europeas más estrictas en cuestiones laborales. Gracias a este genial invento, los españoles vadean varias veces al año las turbulentas aguas del trabajo; aunque ello no signifique que en el resto del continente se faene más que en esta parte de la Península.
Bien al contrario, el tiempo que los españoles dedican al curro es mucho más dilatado que –un suponer-- el de los laboriosos alemanes. Entre horas extras, pluriempleos y jornadas fuera de contrato (cuando hay contrato), los peninsulares solemos invertir en el tajo un número de horas considerablemente superior al de la mayoría de los restantes europeos. Otra cosa es, naturalmente, que tamaños excesos laborales se traduzcan en productividad; pero tampoco vamos a estar en todo.
Parte de la extendida reputación de perezosos que adorna a los españoles por esos mundos guarda precisamente relación con los “puentes” intercalados a modo de pausas en el ancho cauce del calendario laboral de este país. Cuadriculados como se dice que son, muchos centroeuropeos no acaban de entender esta proliferación de festivos entrelazados tan típica de España como los toros, el flamenco o la sangría. Probablemente ignoren que éste es el país de las once mil vírgenes y santos, a los que hay que sumar otras celebraciones laicas más recientes que van festoneando de días en rojo las hojas del almanaque.
Uno de los más curiosos productos de ese maridaje entre lo cívico y lo religioso es precisamente el “puente” que ayer abordaron con el mejor de los ánimos seis millones de españoles y casi 500.000 gallegos. La coincidencia a fecha fija y en días alternos de la fiesta de la Constitución y la de la Inmaculada ha acabado por unir dos celebraciones tan disímiles con el feliz resultado de cinco días extra de vacaciones.
Desazonados por el quebranto que estas largas interrupciones de la faena pudiera ocasionar a sus negocios, los empresarios gallegos y catalanes reclamaron hace cosa de tres años al Gobierno la supresión de estas pasarelas entre festivos que hemos bautizado con el nombre de puente. Pedían menos samba y más trabajo, ignorando tal vez que no se puede luchar contra las tradiciones. Los puentes no dejan de ser, a fin de cuentas, la más genuina aportación española a la ingeniería del ocio, además de constituir uno de los rasgos de identidad compartidos –junto al fútbol y las quinielas-- por todos los pueblos de la Península.
Ya que no los empresarios, parecía que al menos la crisis sí iba a acabar con esta vieja costumbre por mera falta de trabajo y de liquidez monetaria, pero quia. Sorprendentemente, los gallegos y demás peninsulares siguen saliendo de puente como si nada hubiese pasado aquí. Será que la Virgen de la Constitución hace milagros.
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