Ni la fuerza de la sangre prevalece ante el amor. De ahí que una de las hijas del Rey le anunciara a su padre las calidades de su novio con un definitivo:
–Más vale que te guste.
No es una frase de Elena de Borbón, precisamente. Con todo, es probable que si ella no se hubiera atrevido a casarse con Jaime de Marichalar, tampoco hubiera sido homologable el enlace de Cristina con Urdangarín, y todavía menos las nupcias revolucionarias de Felipe con Letizia. En otro sacrificio dinástico, la primogénita aburguesó a su familia, anuló la obligatoriedad de contratos eternos con sonrosados príncipes y princesas de Liechtenstein.
Ahora que Elena vuelve a ser pionera, hay que relativizar la disolución del vínculo entre Marichalar y Borbón, porque el primer yerno de los Reyes no se integró nunca en la Familia Real. Un cazafortunas le recordaría que se pierde el uso de un deslumbrante yate con ese nombre –Fortuna–, pero Don Jaime a secas siempre exhibió a bordo una mueca glacial, como si la nave estuviera pilotada por el mismo Caronte. Su gesto ceñudo contrastaba con la exuberancia mediterránea de su hermano motonáutico, Alvaro.
En los años de bonanza del matrimonio, el Rey se pronunció sobre su yerno en términos irreproducibles. Por tanto, un eventual cambio de carácter de Marichalar tras su accidente cerebrovascular equivale a una mentira piadosa. Las clases medias desembarcan en La Zarzuela con Marichalar, antes de tomar definitivamente el palacio gracias al ariete de una presentadora de telediarios. La hosquedad mutua con el esposo de Elena contrasta con la familiaridad de los Urdangarín, a quienes se recomendó cortésmente que llegaran cambiados, por falta de espacio para ese menester.
Marichalar tampoco añorará el chalet individual que ocupaba en Marivent. El veraneo de la Familia Real era otra tortura cuya duración minimizaba, aunque Mallorca fuera privilegiada por alguna de sus amistades, como Nati Abascal. El divorcio de la primogénita pero no heredera resulta menos traumático que la fractura irreconciliable entre Cristina y Letizia, donde Elena medió infructuosamente antes de alinearse con su hermana. Marichalar aprenderá que salir de la Familia Real es más duro que entrar en ella, sin que ninguna de ambas tareas se vea nunca culminada.