Continúa en Afganistán el Gran Juego de los intereses imperiales, como se le llamó en el siglo XIX a la confrontación diplomática y militar entre Rusia y Gran Bretaña. Que luego se convirtió en la confrontación entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, y últimamente en la confrontación entre Estados Unidos, y sus aliados subalternos, de la OTAN, con una guerrilla de talibanes, tribus pashtunes y fantasmales eremitas refugiados en cuevas, a los que se atribuye la responsabilidad de instigar el terrorismo internacional de origen supuestamente islámico. Todo ello con el objetivo fundamental de asegurar el control de las inmensas riquezas en petróleo y gas de las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central, hoy gobernadas por elites prooccidentales, que fomentan el fútbol y patrocinan equipos de ciclismo que ganan la Vuelta a Francia (como el Astana de Lance Armstrong y Alberto Contador). De niños, vimos emocionantes películas de aventuras sobre ese escenario agreste al que un famoso poeta denominaba "el corazón de Asia", y un virrey británico de la India, menos lírico, llamaba con mayor propiedad "el reñidero de Asia". El guión casi siempre se repetía. Las tropas imperiales avanzaban alegres, confiadas, y bien planchadas, hacia el desfiladero, y allí, escondidos detrás de los altos riscos, los esperaban unos tipos desarrapados, de barba y turbante, cuyos ojos lanzaban destellos de odio hacia el invasor que venía a civilizarlos de forma desinteresada. En esta nueva versión cinematográfica, la trama no se diferencia demasiado de las anteriormente conocidas. Recapitulemos para no perder el hilo de los acontecimientos. El 7 de octubre de 2001, el entonces presidente Bush ordenó la invasión de Afganistán en un operativo militar conocido como Libertad Duradera, cuyo objetivo declarado era acabar con el régimen talibán, restaurar la democracia y la dignidad de las mujeres, eliminar a Al Qaeda, y capturar vivo o muerto a Osama Bin Laden, supuesto inspirador de los ataques del 11-S contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Al cabo de los años, ninguno de esos objetivos se ha cumplido. La democracia brilla por su ausencia bajo el gobierno títere de Karzai, los talibanes parecen cada vez más fuertes, y van camino de convertirse en un auténtico frente de liberación nacional con apoyo popular, y de Bin Laden, desaparecido en el dédalo de sus innumerables escondrijos, no se tiene ni rastro. En realidad, lo que se oculta es que los talibanes y Bin Laden, un antiguo colaborador de la CIA, gozaron del apoyo de los gobiernos norteamericanos durante la lucha contra los soviéticos, y aun después, cuando alcanzaron el poder. Y sólo se convirtieron en los malos de la película cuando le convino a Rambo, que hasta entonces era un íntimo amigo suyo. La situación es complicada para los intereses imperiales. De una parte, se impone la necesidad de mantener un control efectivo sobre el petróleo y el gas de Asia Central, y de otra, no se puede perder de vista la evolución interna de Pakistán, el aliado que dispone del arma nuclear. En esa tesitura, el presidente Obama ha cedido ante las presiones de los militares del Pentágono y enviará nuevas tropas para ganar la guerra en un plazo de dos años y retirarse a continuación. Un objetivo difícil de cumplir. Mientras tanto, continuará el sufrimiento de la población civil afgana muy castigada por bombardeos indiscriminados de los que se da poca noticia en los periódicos. No deja de ser paradójico, como señalan algunos, que un reciente premio Nobel de la Paz, anuncie dos años más de guerra para celebrar el nombramiento.