El divorcio de Elena de Borbón y Grecia –no se ha divorciado del país heleno, es su segundo apellido– contra Jaime Marichalar –vamos a dejarnos de partículas enclíticas y de linajes compuestos, ahora es un triste plebeyo– transforma la ruptura matrimonial de miembros de la Familia Real en una tendencia. Después de Letizia, la primogénita de los Reyes se resigna a la provisionalidad del matrimonio. Dado el efecto placebo o de emulación que suscitan las princesas, en las próximas semanas arreciarán los divorcios de ciudadanos que presumirán eternamente de que se separaron por las mismas fechas que doña Elena.
Los miembros de la Familia Real no se separan, sino que protagonizan rupturas temporales de la convivencia. Tampoco experimentan rupturas definitivas de la convivencia, sus matrimonios se anulan por lo católico. Después de pasar por las manos de Benedicto Siglo XVI, la unión de la primogénita regia quedará más blanca que el Estatut de Cataluña tras el planchado del Constitucional. Dada la pasión por las fórmulas morbosas del tribunal de la Rota, nos relamemos al imaginar los argumentos psicosexuales que serán desgranados para demostrar eclesiásticamente que los señores de Marichalar nunca estuvieron casados.
La anulación es irreprochable, porque nadie querría ser recasado por Gallardón pudiendo recibir una bronca nupcial de Ronco Varela.
Mientras se tramita la nulidad, Elena –si nos permite la familiaridad– puede afiliarse a la rama de la Iglesia anglicana que permite una mayor variedad de opciones conyugales. En contra de lo anunciado, ahora comienza la auténtica «ruptura temporal». La interinidad se debe a que el estado natural de los divorciados es la reincidencia:
–¿Casada o soltera?
–Estoy entre matrimonios.
Pese a la trascendencia global del segundo divorcio en la Familia Real, no se lo explique a Obama como un asunto internacional. Es un drama local, porque también se gestó en Mallorca. Concretamente, en el chalé de Calamajor donde se reunían los entonces novios y hoy ex esposos, para cortejarse en una vivienda cerrada a cal y canto pero rodeada de escoltas. Un matrimonio no resiste esa presión, aunque no podemos evitar la frustración de quienes no han descubierto hasta hoy que los únicos Reyes son los papás.