A estas alturas, y a la vista de lo que hay, no parece necesario argumentar mucho la conveniencia de que la Xunta reflexione sobre su política lingüística. Si es que tiene alguna, claro: a estas alturas, y salvo la cosa aquella de la consulta a los padres y madres de alumnos sobre el idioma preferido para recibir sus clases, resulta probable que nadie sepa qué se propone el Gobierno gallego.
Ahora mismo algo hay seguro: seis meses después de la llegada al poder del equipo que preside don Alberto, prácticamente nadie está satisfecho con su quehacer en ese campo. No lo están los de "Galicia Bilingüe", que esperaban una defensa más decidida del español, ni buena parte de las bases del propio PPdeG, que no saben a qué atenerse y lo que ven les disgusta. Y, por supuesto, tampoco la izquierda para la que esa indefinición es una estrategia que busca acabar con el gallego casi sin que se note.
Ya puestos, ni siquiera la Unión Europea, que no se caracteriza precisamente por su aguerrida defensa de las lenguas no oficiales, está por la labor de respaldar lo que aquí se hace. Más bien lo contrario: se ha publicado ya la crítica que firma Bruselas hacia la política que en esto practica el gobierno del Finis Terrae, y aunque la Consellería correspondiente se ha limitado a indicar que la UE analiza parámetros falsos o incompletos, no pudo disimular que la procesión va por dentro.
En los viejos tiempos, uno de los indicadores que servían para analizar cómo iba un gobierno era el que medía el número, la procedencia y la calidad de sus críticos. Y si no eran multitud, pero de variada procedencia, se deducía que al no haber frentes ni a favor ni en contra, la dirección era la correcta. Que es, parece, lo que pretenden afirmar ahora los abundantes músicos -solistas y en orquesta- que tocan aquí la sinfonía gubernamental.
Ocurre que, dicho sea de paso y respetando otras opiniones, ésta no es la circunstancia. Las críticas hacia la Xunta vienen desde tantos y tan distintos orígenes -políticos, sociales e incluso institucionales- como para aplicarle a su estrategia lingüística aquello que los latinos tradujeron de Aristóteles como in medio virtus est: no parece que, se mire como se mire, pueda considerarse -con razón- en el centro.s
A partir de ahí pueden, los encargados de aplicar el Estatuto vigente en materia de idioma, mirar a donde quieran y creer lo que les apetezca, pero harían mejor en estudiar bien las señales y buscarse interpretadores más adecuados.
¿O no...?