En mi barrio viejo vigués todavía salimos a la calle para hablar, chatear, pasear o comprar, entre otras cosas porque no tenemos que competir por el espacio con los coches. Es una suerte porque las calles de las ciudades, que eran antes los lugares de relación por antonomasia, son ahora puro tránsito. Cuando yo era niño, y eso fue ayer en términos históricos, todavía nos llamaban nuestras madres a grito pelado desde los balcones para que subiéramos a comer o hacer los deberes y dejáramos de jugar al huevo, pico, araña o al fútbol. La vida bullía por los bajos porque no conocíamos más que el pequeño comercio, que era un tejido lleno de vida que estructuraba la urbe. Se nota los domingos. Cuando llegan los domingos sus tardes se hacen mortecinas y tediosas justo por eso, porque los bajos están cerrados y solo existe vida tras las ventanas, vida de interiores como en los conventos. Digo lo mismo de los bares. Si llegas por ejemplo el lunes de noche a la Plaza de la Constitución, en el ombligo de la ciudad, todo es desolación y desierto porque es día de descanso hostelero. Es una mierda, uno de repente siente pánico o depresión fugaz porque te da la impresión de que estás en Europa en la atardecida: en un cementerio. Habría que subvencionar a los bares porque son manantiales de vida (y de bebida).
Me asomaba hace un tiempo con Begoña Rodríguez a la puerta de su bajo comercial, Kilómetro 0. Estábamos ahí, donde acaba la Puerta del Sol y empieza Elduayen, y al mirar hacia arriba contamos 17 tiendas hasta el Paseo de Alfonso que habían cerrado. La crisis está machacando el pequeño comercio y su muerte acaba con un modo de vida al que sustituyen los desplazamientos en coche hasta la frialdad de las grandes superficies. O hasta los elefantiásicos centros comerciales en los que reproducen calles como esas en que antes comprabas, todo un decorado de película. Hoy todo son parques temáticos. Recuerdo hace un tiempo el estreno en La 2 de una serie escrita por Manuel Vicent y titulada "Rutas de la memoria", en torno a ciudades que han sido objeto de atención literaria. Salvando la distancia, a veces piensa uno también en hacer una ruta pero con esos comercios de tu ciudad que han formado parte del paisaje de la infancia de varias generaciones y que, con el paso del tiempo, han mudado en otros o desaparecido. Los de mi generación recordarán que en el Vigo viejo había tres farmacias que ya no están y tiendas como la de Dositeo Barreiro o Julio Mera en que todo se vendía a granel y mucho al fiado.
Se acordarán de Paquita, en la Gamboa, en donde comprábamos martinicas o canicas ¡de cristal! O de la tienda "El regalo" que atendía Moncho en la calle Pescadería y parecía un dispensario de bocatas de alcriques, no muy lejos de donde "la carabinera" ofrecía servicios que entonces eran pecado y ahora son, si acaso, explotación sexual. Ni nosotros ni nuestros mayores podrán olvidarse del kiosco Adela, abierto en 1915 y que ha pasado por varias manos. Adela es para muchos vigueses un nombre mágico porque significa su entronque infantil con el mundo impreso, las colecciones, los cromos... así como la compra de prensa para los mayores. Ni de la lechería Nai que abrió en los 50 en la Praza da Constitución, en la que por vez primera vimos la leche envasada y que, si fue tienda de moda alternativa no hace mucho con Tránsito Iglesias, luego fue de camisetas creativas (Fankaplan) con Jacobo Alonso y Juan Núñez y ahora es peluquería que lleva con mucho gusto Ramón Pastoriza, "Monchito". Un día tendremos que hacer una memoria emotiva de nuestros locales comerciales.
A ver qué va a pasar ahora que la crisis está cerrando cientos por día en España. Todos estos establecimientos son lugares de encuentro, una ruta que desde la casa a la tienda viene a ser como una extensión del hogar fuera de la propia vivienda además de generar seguridad. O hay pequeños locales o barrios dormitorio, monocultivos residenciales o afueras de chalés o viviendas adosadas a los que uno llega después del trabajo, de un encierro a otro encierro, de cárcel en cárcel, coñazo en coñazo. ¿Y los ancianos? La sociedad envejece y necesita el comercio a pie de calle para sentir que sigue viva pero no hay relevo generacional en los bajos y, menos mal que allí donde lo deja un español, lo coge un inmigrante. ¡Salvemos los bajos!