Así que, por si no hubiese ya bastante lío, y quizá confirmando las sospechas crecientes de que es intencionado-, a don Alberto Núñez no se le ocurrió ayer otra cosa que, en el embrollo de las cajas, proclamar su intención de ser "leal a la voluntad de los gallegos". Y como lo hizo al estilo del señor Zapatero, solemnizando lo obvio y reiterando lugares comunes, dejó una sensación bastante parecida a la de los discursos del presidente del Gobierno: que hay gato encerrado.
Y es que, dicho con todo respeto, suena raro que el jefe del Ejecutivo gallego hable de lealtad a una voluntad que desconoce, a no ser que crea que la representan los políticos, empresarios o sindicalistas que lo han visitado. Lo que sería mucho suponer: la mayoría de ellos no tienen mandato para hablar en nombre de sus bases o afiliados en un asunto que no les fue consultado y por tanto sobre el que no concedieron representación específica.
Algunos interpretadores de leyes -expertos sobre todo en la del embudo- argumentan que las elecciones -de cualquier tipo- le dan al ganador una delegación urbi et orbi que faculta para decidir sobre cualquier cosa, como si detrás tuviese de forma incondicional a la masa de votantes. Lo que es, por supuesto, del todo inexacto: el compromiso de respaldo alcanza a aquello que aparece en los programas y quizá a cuanto tengan de tangencial, pero no a lo que se saquen de la manga -incluida la parlamentaria- quienes dicen hablar "en nombre del pueblo soberano pero cuya soberanía interpretan como les conviene.
Dicho todo esto hay que recordarle al señor presidente Núñez que él no preguntó a los gallegos si querían fusiones financieras o no, y sobre ello no fue más allá de incluir en el programa electoral una Lei de Caixas sobre la que no proporcionó esquema ni avance de intenciones. Por tanto, cuando asegura, con pomposa solemnidad -más propia del secretario general del PSOE-, que será "leal a la voluntad popular de los gallegos" lo primero que debe hacer es averiguar cuál es, sin darla por descontada.
Este es, en el fondo, también el argumento del señor alcalde de Vigo, quien habló alto y claro para denunciar las presiones --muy poco leales, y menos aún democráticas- de la Xunta contra Caixanova. Don Abel Caballero, por cierto, hizo lo que debía: impedir que se consume bajo el disfraz de supuestas consultas lo que está decidido de antemano. Y en este país hace tiempo que los trágala ya no dan resultado.
¿Eh...?