Lento como un convoy de Renfe, el fabuloso tren-foguete que en su día unirá Galicia con Portugal echando chispas acaba de sufrir un nuevo retraso de dos años en la hora prevista de llegada a los andenes de este reino. Así lo ha confirmado al menos el ministro de Fomento, José Blanco, quien viajó a Lisboa para “acelerar” la construcción de la línea de alta velocidad Vigo-Oporto y ahora anuncia tras la visita que tan monumental obra no podrá estar terminada antes del año 2015. Si algún día concluye, claro está.
Los lectores más memoriosos recordarán tal vez que la última fecha oficial de remate había sido datada en el 2013 por el primer ministro portugués José Sócrates y el ya ex presidente gallego Emilio Pérez Touriño. Reunidos el pasado enero, poco antes de las elecciones autonómicas, los dos gobernantes acordaron fijar en ese año el límite para la terminación de los trabajos que, casi diez meses después, ni siquiera han entrado en fase de proyecto.
Todo esto empieza a constituir ya una tradición. Téngase en cuenta que el cada día más imaginario tren ya debiera estar circulando a estas alturas por los raíles galaico-portugueses, según otro anterior pacto alcanzado por los presidentes Zapatero y Sócrates durante la reunión que mantuvieron el 11 de abril de 2005 en el Palacio de la Moncloa. Acordaron entonces los jefes de Gobierno de España y Portugal que el AVE volaría entre Vigo y Oporto a más tardar en el año 2009: y efectivamente el tren corre ya a tal velocidad que es un visto y no visto. Quiere decirse que nadie atina a verlo, por más que aguce la pupila.
Resignados como somos los gallegos a fuerza de decepciones, ya nos íbamos conformando con que el tren de nuestras fantasías llegase por fin dentro de cuatro años; pero tampoco ha podido ser. Cuando confiábamos en que la última fecha iría a misa, ha venido el tío Paco –o para ser exactos, el tío José– con la rebaja que dilata dos años más la arribada del AVE a Galicia desde Portugal. Hasta que se nos anuncie un nuevo retraso, naturalmente.
Optimista a pesar de todo, el ministro Blanco ha preferido hablar de “actualización” antes que de retraso del proyecto, aunque obvió decir que con esta son ya tres las veces que se actualiza la fecha prevista para la conclusión de las obras. Si los dos gobiernos siguen poniendo al día los calendarios –hipótesis que en absoluto resulta descartable– no sería de extrañar que en apenas un par de años nos situáramos en el horizonte de 2050. Y quizá para entonces el AVE se hubiese quedado ya un tanto viejo como medio de transporte.
Habrá quien se moleste por tamaña acumulación de retrasos, ignorando tal vez que lo propio de los trenes –al menos en España– es llegar a su destino con demora. Mejor será ver la parte positiva del asunto y advertir que, con tanto acuerdo, rectificación y cambio de fecha, la férrea unión de Galicia y Portugal quedará soldada por medio de nada menos que tres ferrocarriles virtuales de alta velocidad. La cuenta es fácil. Basta sumar el AVE (o TGV) que ya debería estar sobre rieles a estas alturas de 2009 con el que después se anunció para el 2013 y el que ahora nos prometen hacia el 2015 para llegar a la fácil conclusión de que pronto contaremos en Galicia con tres trenes imaginarios y acaso alguno real. Quizá no haya sitio para tanta vía, pero ya se nos ocurrirá algo para hacerles hueco.
Más vale, en cualquier caso, confiar en los trenes virtuales que en esos otros tan prosaicos que ya circulan desde hace décadas por otros lugares de la Península. Puede que Andalucía, Cataluña y otros territorios copiosos en votantes tengan derecho a creer que el Gobierno es una especie de rey mago capaz de atender la petición de un tren eléctrico por Navidad; pero Galicia queda demasiado lejos como para que aquí lleguen tales regalos. A cambio, eso sí, somos millonarios en promesas.
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