Pues, la verdad, parece bastante poco probable que, por más esfuerzos que hagan algunos cerebros que anidan en los staff de los partidos, acaben por convencer a la gente normal de que en eso de la censura hay mociones buenas unas y malas otras. Cierto que son diferentes, pero hasta ahora las justificadas podrían contarse con los dedos de una mano y seguramente sobrarían dedos.
Viene a cuento, esto, del despliegue argumental que tanto PP como PSOE y BNG han hecho al explicar que lo que ha estado bien en A Veiga para cambiar a un alcalde socialista es abominable en Porto do Son para remover a otro Popular, y viceversa. Y eso por citar tan sólo los dos últimos casos, que si se le añaden los anteriores podría escribirse todo un tratado sobre la hipocresía y el cinismo que se gasta la que ha dado en llamarse clase -aunque sería más descriptivo el término casta- política.
Desde luego es verdad que las censuras apoyadas en tránsfugas son distintas a las que se sostienen en listas de partidos o agrupaciones independientes que fueron a elecciones bien identificadas. Y lo es también que las primeras están prohibidas por pactos específicos, pero todos hallaron ya el modo de burlarlos y lo emplean por doquier, de Gondomar a Benidorm viniendo por toda la orilla. Por eso es tan difícil excusarlas; por eso y porque con las mociones pasa lo del refranero: que aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
En realidad, lo que las motiva es algo muy distinto a cuanto aducen los hipócritas que las explican. Poco hay de interés por el bien común, la gobernabilidad o la urgencia de resolver problemas: de lo que se trata es del poder, de ganar o conservar Alcaldías porque todos saben que desde ellas se manejan más y mejor los resortes del voto y, de ese modo, aumentan las posibilidades futuras, políticas o electorales, en otros municipios o en las Diputaciones.
En este punto, y ya que se ha citado la urgencia, conviene señalar que la fiebre de censuras que parece haberse apoderado de algunos partidos -sobre todo el PPdeG: es medible- tiene que ver con las prisas, pero no con las destinadas a aliviar las penas de los ciudadanos. Lo que sucede es que se acaba el plazo legal para presentarlas y por tanto para conseguir los objetivos concretos que han trazado quienes las diseñan.
Todo ello es lo que antes se llamaba una vergüenza, pero eso -la vergüenza- ya no existe o no se maneja como elemento a tener en cuenta.
¿Eh...?