De modo que, reabierta la hipótesis de que el PP esté en la búsqueda de una situación que le aporte lo que ahora no tiene –un gran poder financiero hilvanado desde las comunidades en las que gobierna– se hace evidente la impostura de quienes postulaban la fusión de las dos cajas gallegas "en beneficio del país". Incluida parte de la Xunta, conste, en la que están quienes acusaron de localismo a quienes no hacían más que defender posiciones tan sólidas como legítimas.
El problema ahora se le plantea al Gobierno gallego, sospechoso, con razón o sin ella, de estar en la "operación Rato", pues don Rodrigo lideraría la entidad resultante o, si se quiere, aplicaría la "estrategia Rajoy". Cierto que el señor Núñez Feijóo lo ha negado, y ratificado su intención de defender la galleguidad de las cajas, pero está en peor posición que antes y –para colmo– quizá precise el apoyo de los que hasta ahora podrían considerarse, con cierta razón, perjudicados por la prudencia –que algunos creyeron ambigüedad– presidencial.
La situación es aún lo bastante fluida –aunque los sindicatos la hayan clarificado algo ayer mismo– como para que puedan descartarse cambios, pero no estaría de más empezar a preguntarse quién curará las heridas que deja en Galicia una polémica que nunca debió repetirse y que algunos reabrieron por intereses concretos. Una pregunta ésa nada banal, porque heridas quedan y son de cicatrización difícil, aunque ya se sabe que como las ciencias adelantan que es una barbaridad, hay ungüentos que si no curan, alivian. Al menos las llagas económicas.
Claro que hay otras de tratamiento más complejo todavía, porque han afectado al sosiego de mucha gente, a la tranquilidad financiera de no pocas empresas y, sobre todo y en cierto modo, a la confianza en unas entidades que la merecen y para las que la ausencia de turbulencias resulta vital. Y, guste o no, este episodio, provocado –y conviene repetirlo– de un modo impropio y temerario y mal tratado desde la la política provocó agitación e inquietud, los peores enemigos del índice de resultados.
En el lado social, de país, hay –como en el político, aunque ya se verá cuántos– también daños. Es corta la visión de algunos según los cuales este asunto de las cajas no importa en la calle. Reaparecieron fantasmas de viejas querellas norte-sur y hasta un nuevo espectro de centralismo compostelano, y eso es algo que, por desgracia, ha provocado siempre efectos colaterales negativos en Galicia.
¿O no?