Una de las singularidades que tenemos los habitantes de países desarrollados y que aún no estamos entre el millón de españoles que pidieron ayuda a Cáritas es que podemos especular sobre temas anodinos sin tener la sensación de que despilfarramos un espacio que pudiera dedicarse a temas más urgentes. A mí, por ejemplo, me preocupa entre otras cosas qué será de esa nutrida biblioteca que enseñorea las paredes de mi casa cuando yo me vaya con las huríes con que he quedado al otro mundo del Walhalla. No me vayan a incluir ustedes al decir esto en la tribu (hoy atribulada) de los intelectuales porque, si acaso, soy como máximo un tipo obligado por su trabajo a ser intermediario, proxeneta o macarra de sus pensamientos y por ello destinatario de sus libros.
Toda esta riqueza bibliófila que abarca temas muy diversos y se esconde en libros de preciosa factura, tacto e incluso aroma ha quedado suspendida en el vacío de una nueva cultura que se está gestando en la que nuestros herederos pueden leer de lo divino y lo humano ante una pantalla que de inmediato da todas las respuestas. Ya puestos, practican sexo y se comunican sin moverse de ella. Antes, dejar una estupenda biblioteca de novela, psicología, historia, sociología... a un hijo era una preciada herencia pero ahora si yo se la dejo a los míos les creo un problema doméstico. Ayer mismo estuve en casa de una profesora universitaria de Informática, treintañera o así, y, entre jadeo y jadeo (esto último no es más que un recurso para romper la seriedad del discurso) no conté más de diez novelas o ensayos en sus estanterías, aparte de algunos del área específica de su docencia. Internet y la impresora le proporcionaban los útiles académicos necesarios para su trabajo.
Me deprimiría vivir en una casa con las paredes desnudas, huérfanas de cuadros o libros. Jamás estaría con alguien que me lo impidiera, me iría a vivir con la de enfrente. Recibo tantos libros que ya no soy más que un lector transversal y apresurado de prólogos y epílogos salvo excepciones en que me quedo sin dormir para leerlo todo. Y me encanta subrayarlos para que griten mi nombre o estén más vivos en los anaqueles en los que descansan. Reconozco, no obstante, que hace mucho que no abro las páginas de mis diccionarios léxicos o de autores antes manoseados y que alguna enciclopedia monumental y carísima está embalada en cajas de cartón sin destino conocido porque Internet optimiza la búsqueda. Pero sigo recibiendo libros hasta el punto de que, en este momento que escribo desde mi guarida, apenas percibo la madera de mi mesa cubierta por ellos. Además de otros papeles veo a mi alrededor, sólo levemente desvirgados por mis manos, libros llegados, lo juro, esta semana y que os cito para que me envidiéis pero también compadezcáis: "Perversiones y ternuras" (Déborah Vukusic), "El caballo amarillo. Diario de un terrorista ruso" (Boris Savinkov), "Guía do Courel" (Javier Guitián), "Galicia bajo la bota de Franco" (reedición de Alvarellos), "Suárez y el rey" (Abel Hernández), "Billete de ida" (José Cendón) y "La salud que viene" (Miguel Jara).
Ya digo que me invaden todo, no me dejan ver la madera de mi mesa y ese es un problema que debo denunciar a las autoridades pertinentes porque para algo vivo en un país desarrollado, no estoy en el paro y me puedo permitir el lujo de escribir de cosas innecesarias sólo por estilístico goce. Otro problema que padezco, y no sé por qué se quejan los que no tienen nada, es que tengo más objetos en mi vida y en mi casa de los que necesito y me crean un disgusto de espacio y convivencia, pero de ese contratiempo del tener demasiado y los dilemas o dudas electivas a las que continuamente obliga hablaré otro día. Por de pronto os conté los libros que me han llegado esta semana y aún no han ido a parar a la estantería, aunque no sé por qué digo eso si ya no tengo espacio en ellas y están sobre radiadores o inhabilitando escaleras interiores. He llegado a ese punto en que tu mujer te dice: "o los libros o yo". Menos mal que hay más mujeres. Pero es que tras cada uno de esos libros que he citado, transubstanciado en sus páginas, hay un mundo que late, el calor de una experiencia, el tañido de un sentimiento, el esfuerzo de un trabajo prolongado. ¡Cómo coño quieren que no les ceda un espacio de respeto, aunque me amarguen la vida por falta de espacio!