Remolcados por la poderosa máquina tractora de Alemania y Francia, los países del euro han comenzado a salir de la recesión tras acumular dos trimestres consecutivos de subida de su producto interior bruto. Brutal es igualmente, si bien por otras razones, la situación de España: único lugar de la eurozona que sigue en números rojos cuando todos los demás han comenzado a levantar cabeza y ya ven la luz al final del túnel de la crisis. El tren español, fiel a la añeja tradición de Renfe, llega con el habitual retraso al andén.
Nada tiene de particular que España siga caminando en la misma dirección que los cangrejos y sea el último de los grandes –o medianos– países de Europa en dejar atrás las apreturas económicas. Es un simple problema de calendario, si se tiene en cuenta que la crisis también llegó aquí más tarde que a otros lugares del mundo: o al menos eso decían nuestros risueños gobernantes.
De hecho, el Gobierno fue el último en querer enterarse de lo que sucedía. Hace poco más de un año, cuando el desplome de la economía había abierto ya los primeros agujeros en el bolsillo de los ciudadanos, el presidente Zapatero y sus ministros porfiaban todavía en que eso de la crisis era poco menos que un invento de ciertas potencias extranjeras. Envidiosos, al parecer, de la creciente prosperidad que estaba situando a España en puestos de Champions League, los gurús de las finanzas europeas advertían ya entonces de hasta qué punto era frágil una economía basada en el cultivo del ladrillo como la de aquí.
Pamplinas, naturalmente. Frente a los pronósticos de esos agoreros, el Gobierno se limitó a admitir una pequeña y sin duda pasajera "desaceleración" del crecimiento que, meses después, había adquirido ya suficiente velocidad como para convertirse en una desconcertante "desaceleración acelerada". Pero en fin: nada de lo que preocuparse. Por no haber, ni siquiera existía problema inmobiliario alguno, de tal modo que la burbuja de la construcción –entonces ya a punto de reventar– se iría desinflando poco a poco en un "aterrizaje suave", por decirlo en el creativo lenguaje gubernamental.
Infelizmente, los pesimistas resultaron ser, como de costumbre, optimistas bien informados. Tal y como los más cenizos habían previsto, el globo de la vivienda estalló hasta llevarse por delante millones de empleos y dejar al descubierto el entramado de cartón piedra sobre el que se sustentaba la ficción de la prosperidad española.
Dado que la crisis no existía o, de haberla, sería consecuencia de la perfidia propia del capitalismo norteamericano, el Gobierno no se sintió obligado a tomar medida alguna para atajarla. Es lógico. Carecería por completo de sentido adoptar disposiciones para resolver o al menos paliar un problema que los propios gobernantes no veían por parte alguna.
Se ignora si la negativa oficial a admitir la existencia misma de la recesión podría haber contribuido o no a agravarla, aunque mucho es de temer que así sea. Algo de eso sugiere el dato de que la tasa de paro creciese en España hasta suponer exactamente el doble que la media de la eurozona o el hecho –constatado ayer–de que este país de Champions League se haya descolgado de la recuperación general emprendida por sus restantes socios del continente.
Tanto tardaron las autoridades competentes –digámoslo así– en advertir la llegada de una crisis de caballo que a nadie debiera extrañar que España haya quedado arrinconada en el último puesto de la fila ahora que los demás países empiezan a salir de ella. Olvidados ya los recientes tiempos de delirio en los que Zapatero presumía de haber superado a Italia y estar a punto de hacer lo propio con Francia, la cruda realidad devuelve a este país su papel más bien ingrato de tonto de la clase. Y ni siquiera es seguro que apruebe la asignatura de la crisis en el próximo examen trimestral.
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